martes, 28 de octubre de 2014

Punica granatum





Llegó la mañana con sus lienzos de luz. Una detrás de otra, las horas pesaban, empujaban para abajo con su latidos de plomo. Alguna garceta cruzó el cielo, más allá del río y las desnudeces del nuevo día se vestían con el algodón de las nubes que organizaban la cúpula celeste. Nadie podría pensar que en un día como aquel, idéntico a todos los que se agrupaban en fila india desde el mismo origen de la palabra escrita, el mundo se nos viniera encima. Y lo hizo con el estruendo del pie de las cataratas, con la riada de un día otoñal, pongamos que el de Santa Teresa, con la desesperación de los que siempre fueron pobres y comenzaban a atesorar plata y poder.
Pobres gentes que llegaron tarde al festín, que cuando se sentaron a la mesa, del cordero solo quedaban los huesos, que aprendieron de sus predecesores la alquimia de la riqueza sin que nunca pudieran espejar el futuro con sus fórmulas magistrales. Gentes como tú y como yo que frotaron la lámpara de Aladino sin que de ella saliera genio alguno, ni siquiera un doblón de oro o el ojo de la puerta del serrallo.
¡Fueron tantos los ríos de oro que fluyeron desde el corazón dormido del pueblo!, ¡fueron tanto los sueños que se cumplieron entre sábanas de seda, arenas tropicales y noches de blanco satén!, ¡fueron tantas las complicidades silenciadas por el metal que erigió imperios y los envió, una vez cumplida su sagrada misión, a los basureros del olvido!.
Creímos en el fin de la Historia con una lujuria irrefrenable, bebimos de la fuente del comercio, atesoramos las monedas de la traición en el hueco de la indignidad, fuimos inconscientes durante una década creyendo que el espíritu de la época era eterno y no la efímera vida de las magnolias.
Y entonces el mundo se vino abajo con un estruendo terrible.
Cayeron empresarios, cayeron soldados de fortuna, cayeron políticos, alcaldes y antiguos idealistas. Cayeron soñadores sanados hacía dos décadas, cayeron poetas del dinero y economistas de la palabra. Cayeron montañas de decencia, cayeron los últimos vestigios de la enfermedad de la solidaridad. Cayeron y ya nunca volvieron a levantarse.
¡ Qué terrible sensación de desnudez!. ¡Los nimios ahorros de una larga vida de lucha cuestionado por los plebeyos, iluminado por las cámaras de televisión, violado por las miradas burlonas, azotado por los gélidos vientos de la revuelta colectiva!.
Llegan tiempos de honradez forzada, llegan tiempos de justicia.
Punica granatum.

El horror que se cierne sobre el universo.

jueves, 23 de octubre de 2014

tecnócratas y tiburones

Lo que pudo ser la rebelión de los simios derivó, en los primeros años del Siglo XXI, en la de los tiburones, escualos de sangre fría y ausencia de sentimientos que podían de un solo mordisco devorar los sueños de las gentes sencillas del mundo. Junto a ellos retornaron la raza de los tecnócratas  y ambas subespecies de la filosofía del despojo de la Escuela Austriaca de Economía conjugaron sus respectivas rebeliones para acelerar la transfusión de riqueza de las clases medias a las aristocráticas, denominadas en esos años de furor clases emprendedoras.
En los años veinte del Siglo XXI, la alianza de tecnócratas y tiburones había alcanzado todos sus objetivos, se volvió a bailar charleston en Europa y se prohibió el consumo de libertad. No fue necesaria otra guerra mundial y de un nuevo Roosevelt ni se supo. El mundo fue cortijo de los que decían tener ideología y no la tenían y de los que decían no tenerla y la tenían.

miércoles, 22 de octubre de 2014

La senda de los elefantes neoliberales

La senda de los elefantes neoliberales son de ida y vuelta. Cuando declina la estrella que los guía,  marchan en fila india, con los colmillos ya subastados en los mercados del sureste de Asia, con el peso de su usura haciéndoles tambalearse de un lado a otro, a veces bordeando un precipicio que no parece tener fin. Varias veces han marchado los elefantes neoliberales a sus tumbas babilónicas y otras tantas han retornado cuando ya no se les esperaba.
La Historia es larga, tan larga que parece aburrida. Pero  hay un continuum de sufrimiento que la hace trágica en cualquier momento o lugar. La tragedia tiene perfiles distintos, se presenta como una bruja a la que hay que quemar (“nosotras somos las nietas de las brujas que no quemasteis”), como un digger al que hay que decapitar, como un afrancesado al que hay que expulsar con el ejército liberal en retirada, como un muerto de hambre al que hay que dejar morir para que la oferta y la demanda mantengan la armonía demandada por el laisser faire, como una epidemia de peste negra que adapte la población a la cosecha.
A los elefantes neoliberales comenzaron a movérseles los colmillos en el Siglo XVII, pero antes, en el profundo magma de la insidia humana algunas gentes tuvieron el valor de arañarles el marfil con herramientas rudimentarias. La cabeza de un rey rodó por la ribera del Támesis y más tarde, cuando el primer capitalismo tiraba de los lomos de Inglaterra, otra cabeza cayó en un cesto de una plaza parisina. Entonces, los encarnados colmillos de los elefantes neoliberales soltaron un líquido viscoso, podrido, fétido, y ya no eran el ariete tan eficaz que había sido hasta entonces. Se trababan en las estrechas calles de París, se enredaban con las sillas y las mesas de las trincheras, los niños se columpiaban en sus curvas cuando quedaban paralizados por los gritos del gentío que llenaba las calles con banderas, torsos desnudos y la ilusión que el mundo había cambiado de bando.
Después de la II Guerra Mundial los elefantes neoliberales marcharon a sus cuarteles de invierno para desovar sus colmillos en el río del progreso humano que parecía ocuparlo todo. El tiempo torero de embestidas y burlas ideológicas había llegado a su fin. La estaca ya no hacía efecto y los pueblos se consideraban libres (vana ilusión) y no toleraban el yugo en sus costras de sangre acumuladas a lo largo de la desgracia milenaria. Se sentían hermosos, alegres, con un futuro de luz y de esperanza. Tal fenómeno se contagió a todo el Orbe.
No sabemos si fue en ese momento cuando la gente que arrancó de cuajo los pocos anclajes que les quedaban a los colmillos de los elefantes neoliberales se convirtió en casta. En algún momento, la Podemología estudiará ese tiempo histórico y los estigmas que portaban aquellas gentes que soñaban en un mundo sin violencia económica. Lo cierto, es que los elefantes se recluyeron en su cementerio para relamerse las heridas y pensar en un futuro dominio sin colmillos. La coerción ya no servía. Había que diseñar un mundo de azúcar que dificultara el vuelo de las mariposas para que no pudieran hallar la red que envolvía sus ilusiones de libertad. Tampoco se trataba de eliminar la violencia definitivamente. En el cono sur había lugares idóneos para amputar las manos de un cantautor, para llenar campos de fútbol de soñadores o para tapizar las playas de cadáveres traídos por el oleaje. En Europa la cosa era diferente, o eso pensábamos.
Un día la Historia se acabó, o se cortocircuitó o quién sabe qué paso con ella. Y toda la sociedad decidió que las enseñanzas del pasado para nada servían porque la edad definitiva de las fiestas eternas había llegado y ahora solo bastaba con esperar a que el destino te sacara a bailar y te regalara un préstamo hipotecario, una preferente o una tarjeta opaca. Entonces todos fuimos casta porque fuimos sistema. Hay gente que lo niega ahora, que nunca se hizo ilusiones con el país de las maravillas inmobiliarias,  de las noches de blanca luna y de la despreocupación más absoluta. Habría que recordar las vergonzosas fotografías de alcaldes corruptos llevados a hombros desde la cárcel hasta el fruto de su latrocinio o las sonrisas de indulgencia hacia esa izquierda, ahora motejada de casta, que hablaba de la inmoralidad que se estaba adueñando de la Res Publica. Era una izquierda despreciada por el común por mantener ideas demodé. Curiosamente, algunas de esas personas que menospreciaban ideas de solidaridad han hallado la luz, una luz que comenzó tenue y camino lleva de convertirse en una estrella que guía los pensamientos de una generación que ha sido despertada por una dolorosa bofetada de realidad.

La estrella, como ese cometa que presuntamente llevó a un cuadra a unos reyes orientales, cruzará los amaneceres y los crepúsculos de los meses venideros solidificada en un pensamiento de cambio diamantino. Creyentes los hay, ahora solo falta la humildad (o quizá el respeto)

lunes, 20 de octubre de 2014

Por supuesto que no soy de Podemos...


He estado en el Palacio Vistalegre una sola vez, allá por septiembre de 2011. Había mucha más gente que en la concentración de Podemos, pero, visto en perspectiva, a ese corazón grande y potente que late en las concentraciones de cierta izquierda le faltaba el impulso revolucionario (en cualquier sentido) que se vio el pasado fin de semana, a pesar de que Podemos nos recuerda un experimento de laboratorio: nada que ver con la lenta construcción de los socialismos desde los albores de la Historia. Y tal vez por eso dudamos de su futuro: porque parece no tener pasado.
Para la gente que nos hemos movido en un intelectualismo a veces enfermizo, esa constatación nos parece imposible. Las ideas de cambio crecen desde las raíces del alma humana, no se improvisan una tarde en el ágora, en un bar o en jardín del barrio mientras que besa a otra persona que comparte contigo vagas ideas de libertad. Cuando pensamos en la izquierda, recostados en el diván del psicoanalista de turno, vemos a personas (es una desgracia que la mayoría sean hombres) sentados en una biblioteca, leyendo, tomando notas, intentando diseccionar las leyes internas del capitalismo, del dominio de la burguesía, del control cultural. Horas y horas de lectura, los ojos enrojecidos, la pluma en una mano, la bandera en la otra.
De pronto, barriendo las certezas de la historia, un grupo de jovenzuelos, hombres y mujeres (desgraciadamente más hombres) surgen de lo que suponemos la inconsistencia intelectual y ponen en marcha un movimiento social que ya cuenta con 150000 activistas. Habrá gente que dirá que nos encontramos ante lo efímero en estado puro y seguirá con su libro y, si la salud se lo permite, el gintonic. Al fin de cuenta, diseccionar los problemas sociales hasta enloquecerlos es una práctica de una izquierda muy clásica. Pero Podemos tiene el corazón que fue arrancado de las entrañas de las izquierdas en la I Guerra Mundial. Un corazón capaz de hacer grandes cosas porque late como una locomotora de vapor alimentada por los brazos de hierro de la injusticia. Ese corazón que perdió la socialdemocracia en 1914.
La socialdemocracia dejó de tener ese corazón que derriba fronteras y achica los mares hace ya un siglo; el comunismo mucho después, aunque ya muchos dudamos que alguna vez lo tuviera. Demasiado intelectualismo para tanto gulags y campos de reeducación. Y ahora que parece que la historia del capitalismo parecía reanimar la ideología anticapitalista y que la gente de cierta izquierda, harta de leer, de tomar notas y de intentar desentrañar las contradicciones internas del capitalismo cree que ha llegado su momento, unos jovenzuelos surgen de la nada y escalan las más altas montañas con un lenguaje que desgarra una realidad que parecía inmutable.
Podemos ha roto una cierta construcción de la realidad en la que también participaba nuestra izquierda, la de los libros y la de las tertulias autocompasivas. Esperando que cayera la manzana madura, se ha podrido en el árbol. Esperando que esta aciaga crisis que nos está machacando supondría un revulsivo para las ideas emancipatorias de cierta (nuestra) izquierda, la gente de Podemos nos ha demostrado que ya no tenemos corazón, lo perdimos casi al tiempo que la socialdemocracia.

Es posible que sigamos leyendo libros, tomando notas y repensando el presente que se niega a adaptarse a nuestras premisas pero, tal vez (esperemos equivocarnos) ya solo somos cadáveres que comemos de un pasado que no fue tan glorioso como alguna vez pensamos. Eso sí, acumulando millones de páginas leídas durante de un largo fracaso.

domingo, 19 de octubre de 2014

Campos parduscos


Mi abuela llevó anudada a su cuello
la llave que abría el viento
de aquella franja de tierra,
hasta que perdió los zapatos.
Dos individuos la arrastraron por los adoquines,
los dedos de los pies ensangrentados,
calle arriba calle abajo(¿qué vamos a hacer contigo si no hablas, querida?).
Llovía en el Madrid nevado de simiente negra,
llovía silencio mientras las chimeneas callaban,
y los rellanos de las escaleras callaban,
y las habitaciones de las casas callaban,
y los zapatos en medio de la plaza vacía callaban
y la llave tintineaba en las gotas de silencio.

Los dedos de los pies ensangrentados.

La llave de los misterios se perdió con mi abuela
en las alcantarillas de un Madrid mortecino,
frío (hambre y páramo).
Con ella sucumbió la memoria
y en la franja de tierra creció hierbabuena,
y brazos de jara
y unos poemas que goteaban sobre la luz en los días de rocío.
Poemas de amor
y también de perdón
porque solo en el valle de la bondad
crece la hierbabuena y las amapolas en primavera.


El amor de los años cuarenta
era un amor de raíces e hinojo
que vivía bajo tierra.
Solo de los muertos recibimos amor
y un beso furtivo en el candil de la noche
(y los poemas que leíamos
cuando recordábamos el rostro del poeta
subido a la vida,
en los campos parduscos,
en los nidos de araña).

Un vendaval de olvido
asoló las tierras y las arboledas del valle.
Una cigüeña con una pata herida
erró su destino
y comió hierbabuena con su pico dorado.
Sus plumas se llenaron de letras azules,
de versos podados,
de rimas imposibles,
mientras la noche sucedía a la noche
y la tristeza brotaba todas las primaveras
de las yemas hambrientas de los árboles.

sábado, 18 de octubre de 2014

Las serpientes quietas

No lejos,
las serpientes quietas, calladas,
observando el brillo del sol sobre los rastrojos,
el latido inane de las barcazas,
que eran exhibidos por las plazas de los pueblos
y enturbiados en las charcas de las aldeas,
el silencio que pudo ser eterno
de los versos recitados
en los contrafuertes de la lealtad y de la verdad.

El mechón de cabello del poeta
en la cajita de música,
madera oscura que huele a muerte,
y un poco más allá su mano asolada,
el reflujo del agua de la laguna
y el brillo de los saltamontes
que penan el crepúsculo
con una pose de tumba colectiva.


En la línea pardusca de las colmenas,en la ladera de los diapasones que templan el alma,
a la vista del campanario que domina el valle,
se excavó una fosa común.
Allí fue enterrado el poeta,
y con los huesos de raíces
y lombrices blanquecinas de sus vecinos,
compuso un poema a las estrellas,
extraños versos para un hombre
de ojos de arena mojada.

La miel regó la tierra removida,
se fragmentó en perlas dulces
y cada flor de la primavera siguiente
se vistió con el olor,
con el sabor,
con el amor de los enjambres de abejas
que murieron en los campos de batalla,
junto a las barcazas,
el musgo
y el semen estéril de los soldados.
Aquella franja de tierra fue solar de libertad
en los terribles años que sucedieron a la derrota,
allí estaban esparcidas las palabras del poeta del agua,
de la tierra,
de la luz
y de la desdicha...

viernes, 17 de octubre de 2014

Ya no queda en el lugar...

Ya no queda en el Lugar palomar como el de nuestro padre,                  

abandonada la aldea,
asilvestrados los campos,
secos los pinares,
ardientes las semillas
que nos da la madre naturaleza,
olvidados los escondrijos de nuestros antepasados
debajo de la nieve,
de los sarmientos
o de las mieses desbriznadas.

La llave de los misterios
se perdió en la ponzoña de las alcantarillas de Madrid.
La llevó mi abuela anudada al cuello
en los largos paseos por el Barrio de San Blas,
con sus medias de lana
y su mirada hundida en las tumbas presurosas del pasado
(en los bordes húmedos de las nichos excavados,el pasado dibuja el origen y el fin de la vivida dignidad,
un hilo de tierra sin nombre,
una casi perfecta cuerda de abejas,
un susurro como de bombas astillando los troncos,
y las ramas y las hojas, de los almendros).


La primera caída supo a miel,
la tierra a hiel.
Una a una sucumbieron las colmenas
bajo el silbo caníbal del hacha.
La miel se solidificó en el polvo del páramo,
sin nombre ni pergamino.

jueves, 16 de octubre de 2014

Una tarde temprana de agosto

Fue la segunda caída, o la tercera                                               
(para el caso los proverbios son inútiles).
En medio del campo,
con dos hileras de arbustos espinosos
rodeando la piedra manchada de sangre,
el mechón amarillo de cabello un poco más allá,
cerca de riachuelo,
y la mano asolada por las moscardas
de una tarde temprana de agosto.

Rebaño de muerte,
en lontananza la luz de los álamos
y más allá,
en el corazón envuelto de polvo,
la mansa mirada del pastor
y su pelaje sucio y deshilachado.

¡Si al menos el perro ladrara
cuando el viento sopla del bosque,
o cuando las aguas brotan del corazón de la tierra
y las barcas se balancean levemente
con los cantos lanzados en derredor,
espejando el cristal
que refleja peces oscuros y cangrejos antediluvianos!.

¡Si supiéramos defendernos de la lluvia de redenciones
que se apelmazan en los limos de la sequía,
mirar el sol con la mano de visera
y el alma de misterios abiertos
a la brillante claridad del páramo!.

Mentiras,
hemos aprendido a mentir
(y a reescribir lo pensado)con la materia del olvido.
Y allí, en aquella colina blanca,
se alzan sobre la perpendicular del desierto
(rastrojos amarillos, relojes de arena y ovejas de lana pardusca)
molinos de encalado negro,
velas blancas
y el armazón petrificado de una clase social náufraga
que todavía guarda reaños
para embalsamar sus mortecinas verdades
en tinajas de barro rojo
o en la carcoma interior de un olmo centenario,
espasmo inútil de longevidad frente a lo sempiterno:
la espadaña, la cruz de latón y el calabozo de los perros,
enfermos todos de tristeza
y de luna ausente.

lunes, 13 de octubre de 2014

La nueva banca mediterránea...



Hoy, al pasar delante de un banco, antes Caja de Ahorros, he leído un cartel de publicidad con el siguiente eslogan: “La nueva banca mediterránea”. Y me he puesto a temblar, no sé si por “banca”, por “mediterránea” o por la conjunción de “banca” y “mediterránea”. No sé, me recuerda al consumo de  lencería femenina a las tres de la mañana, a las pernoctaciones en los paradores nacionales, a las compras en boutiques de lujo o a la retirada de dinero en efectivo. Por lo que siempre sentiré curiosidad es por los libros que se compraron con las tarjetas negras. ¿Paulo Coelho?, ¿manuales de autoestima o de nuevos ricos?, ¿de protocolo?, ¿Anatomía de Grey o las obras completas de Marx y Engels?, ¿El amor en los tiempos del cólera?, ¿En busca del tiempo perdido o Coge la pasta y sal corriendo (esto último, es una película, una obra de teatro o el estado sentimental de la casta patria?).

La nueva banca mediterránea. ¡¡¡¡Uffff!!!. 

domingo, 12 de octubre de 2014

Es mejor quemar banderas que quemar libros...

Es mejor quemar banderas que quemar libros, sobre todo si las primeras son de nailon (me provocan alergia)
es mejor quemar libros que quemar campos de trigo, sobre todo en tiempos de guerra, que lo son también de hambruna,
es mejor quemar campos de trigo que pueblos campesinos, hundidos allá en el fondo del valle, junto a un río blanco como la piel de mi amada,
es mejor quemar pueblos campesinos que incendiar los mares con fuel o con la costra de sangre que dejan los tiranos en las pieles de los pueblos,
es mejor incendiar los mares con fuel o con la costra de sangre que dejan los tiranos en las pieles de los pueblos que quemar la sonrisa de una niña de, digamos, siete años con el dorso de la mano,
es mejor quemar la sonrisa de una niña de, digamos, siete años con el dorso de la mano que abrasar los sueños de miles de niñas en los prostíbulos de Asia, o de África, o de la calle de atrás de tu casa,
son mejores las desgracias individuales a las colectivas, pero el crimen, el pecado, la aberración es la misma en uno o en otro caso.
Quemar una bandera, quemar miles de banderas,
quemar un libro, quemar miles de libros,
un trigal, miles de trigales,
un pueblo de chozas de barro, miles de pueblos de chozas de barro.....

Cuando se hace por primera vez, el veneno se inocula en la sangre y ya todo es destrucción, muerte y olvido.

sábado, 11 de octubre de 2014

Mañana es doce de octubre y otras fiebres...

Mañana es 12 de octubre. Este día ha recibido muchos apodos a lo largo de los años: Día de la raza, Día de la Hispanidad y, últimamente, Fiesta Nacional. Para la mayoría de la gente ya significa poco, para los jóvenes una fiesta más (no entramos en debates sobre la esencia del pueblo y otras discusiones nacionalistas). 

En el colegio, en otra época, una semana antes del 12 de octubre, los alumnos embarcábamos en La Pinta, La Niña y la Santa María (por este orden), hacíamos escala en Canarias y nos adentrábamos en el mar desconocido, con un final en forma de colosal catarata o habitado por monstruos oceánicos que devoraban a los marinos que se atrevían a adentrarse mar adentro.

Por entonces, todos éramos españoles (al menos en la España española). Los vascos, a pesar de estar un poco aturdidos por la Guerra Civil, la represión y el nacionalismo, seguían siendo considerados los más leales servidores de la monarquía española. Ya se sabe: cuando una norma dictada por el monarca se confrontaba con los derechos forales, la fórmula jurídica era esa de “acátese y no se cumpla”. En Cataluña, la gran burguesía seguía (en mi época de colegial) traumatizada por los excesos de anarquistas, poumistas y estalinistas y los diarios patriotas tales como La Vanguardia Española escribían titulares tipo “Francisco Franco, Caudillo de España y Estadista de Europa”.

De los gallegos, no sabíamos. Y el resto, los del “soy español, español, español”, arrastrando la misma miseria, la misma represión y el mismo hartazgo que cualquier ciudadano de cualquier rincón de la pell de brau. Un país extraño aquel. Finalmente, Colón llegaba a las Américas y civilizó a los indígenas que quedaron vivos (los suficientes para el servicio) después de la batalla desigual y de la gripe. Y así en toda América.

En 2014, ya no queda nada de aquellos tebeos de la España Imperial. Ya ni siquiera se les llama tebeos. Ciertamente, al ritmo que caen las altas torres, no debiera quedar nada de treinta años de engaño. Con la constitución de 1978, Colón se emborrachó de olvido, Cortés y Pizarro pasaron de ser míseros supervivientes de una tierra dominada por tiranos que decidieron hacer las américas y la historia de España fue la historia de los remiendos de carne con cuchillas oxidadas.

Con las tarjetas opacas de Bankia he comenzado a odiar también a mi añorado Vázquez Montalbán. A odiarlo o a sentir el resentimiento del que no supo percibir el carácter profético del escritor catalán. Vázquez Montalbán vino a decir (no recuerdo la cita exacta) que mientras los ingleses han nacido para padecer su cocina, los españoles lo hemos hecho para disfrutarla. Es cierto, Manolo. Espero que estés paseando con Charo por las calas de Águilas. Paseando y aspirando el aroma de un cielo de olores y sabores sublimes. Pero parece también que el capitalismo español ha conquistado a nuestros modestos izquierdistas con los fogones, si hojeamos la querencia gastronómica de la representación de los trabajadores en ese puto (perdón) consejo de administración de Bankia. Esta gente no ha leído a Freud: no te puedes curar de los fantasmas de tu mente si no pagas; tampoco se puede disfrutar de la cocina si no abres el monedero, recuentas el dinero y pagas lo que te comes, sea delicatessen grecoromanovascocatalana o las habichuelas que preparaba mi abuela y que remataba con un chorro de aceite y pan para rebañar.

Mañana es 12 de octubre. Que el dios que sopló las velas de la Pinta, La Niña y la Santa María beba la cicuta que dejó en el vaso Sócrates y nos olvide para siempre. 

viernes, 10 de octubre de 2014

Han ido a por nosotros...

Han ido a por nosotros enseñándonos sus fauces. Y no hemos visto nada bueno, solo oscuridad y engaño. La historia de nuestra tierra es la crónica del olvido. Hemos enterrado la verdad, y con ella a los hombres y mujeres de valía que alguna vez fueron los heterodoxos condenados al destierro y el oprobio. Gente que habló en voz alta, que luchó, que murió o que se marchó con una maleta y la mirada perdida en un paisaje de somb
ras compactas y luces deslumbrantes.
¿Y con qué nos hemos quedado?: con curas, monjas, poetas que versaban más acá de la cuenta, escritores olvidados, padres de ilustres, barracas, jotas y otras mendicidades. Mediocridad, provincianismo y aburrimiento. Ni siquiera Ramón Gaya es hijo de esta tierra, ni Mariano Ruiz Funes, ni Carmen Conde, ni Antonio Oliver, ni tan siquiera nuestro Vicente Medina…
 Perdimos alguna vez la capacidad, o el poder, de recordar, de inscribir en el frontispicio de nuestro horizonte vital las vidas de otros murcianos y murcianas que fueron parte del mundo, que bebieron de las fuentes de la tolerancia y de la libertad, y solo quedaron los nombres de la servidumbre, de sus amos, de las gentes que nos negaron una y mil veces la condición de seres humanos. Cuando miramos para atrás, y cruzamos los lindes del siglo, vemos una estepa yerma, sin luces, sin árboles frondosos que pudieran cobijar bajo su fresca sombra los latidos de la verdad. Ellos siempre fueron los amos, escribieron la historia y segaron el recuerdo de las gentes que pudieron ser nuestros referentes, humana y espiritualmente.
Es difícil vivir en una tierra que borró la memoria de sus hijos e hijas, de todas aquellas personas díscolas que quisieron cambiar la realidad y que se estrellaron con el poder caciquil de los señores del país. Gentes que vivieron muchos años silenciadas, señaladas, olvidadas, desarraigadas de la memoria colectiva, y a las que, con la democracia, se les dio migajas en forma de rótulos de calles, nombres de algunos (escasos) institutos y museos aislados, mientras su pensamiento, su obra, su arte era obviado.

Y ahora, con la crisis, con el despertar colectivo que ha supuesto saber que volvemos a estar en la ruina porque los mismos caciques de siempre han vuelto a enriquecerse a nuestra costa, mientras se rasgan las vestiduras porque algunos y algunas nos atrevemos a cuestionar sus ladrillazos y tijeretazos, sería bueno, sería decente, volver la mirada y recordar que no todo el pensamiento, la literatura, el arte de nuestra tierra estuvo siempre en manos de la mediocridad y el dominio indecente. Tuvimos liberales, tuvimos gente abierta a una cultura cosmopolita, tuvimos personas a las que se las quiere enterrar en el valle del olvido porque son ejemplo palpable de que una vida distinta y más libre es posible en estas tierras mediterráneas, en estos paisajes murcianos anegados por la intolerancia de unos pocos.

jueves, 9 de octubre de 2014

Teresa: lucha por tu derecho a sentirte culpable y vive


Sentirnos culpables nos hace humanos. No conozco a nadie que no se siente culpable de algo: de aplastar una rosa con carámbanos de esperma, de pasear indolente por un bosque de sueños alcanzables, de beber en las fuentes de la miseria caníbal, de no derramar lágrimas por la muerte de una antigua amante, de cortarse las uñas de los dedos a mordiscos, de amputarle las antenas a una hormiga, de coger una fruta verde de un peral, de reírse por un resbalón en la acera prohibida a los judíos, de comer crema de cacahuete a las tres de la madrugada mientras ves un película pongamos de Antonioni, de no haber leído El Quijote en segundo de BUP, de haber aprobado literatura en segundo de BUP sin haber leído El Quijote, de caminar por veredas sin aspirar el aroma de las amapolas, de despreciar el Holocausto, de pensar que si fueron fusilados sería porque algo habrían hecho, de no acoger en tu casa al toro de la vega después de haber llamado a la puerta con el hocico ensangrentado, de tener miedo a la libertad, de creer que la utopía es irrealizable, de orinarse de pene al oleaje, de soñar que tu mejor amiga se acuesta con tu peor enemigo, de leer con desdén una novela de Vargas Llosa, de lanzar cantos rodados en un lago de cabellos dorados, de mordisquear la cola de una serpiente, de negar la existencia de la maldad.....
Solo los bastardos no se sienten culpables. Los errores del mundo les son ajenos.
Bastardos son los que culpabilizan a una auxiliar de enfermería, que lucha por su vida en un hospital, de intentar hacerles sentirse culpables sin necesidad. La culpabilidad es el sentimiento de los perdedores. Y de esa especie no suele haberla en el PP, y la que hay, que algún amigo tengo, debe sentir una vergüenza insondable.

Teresa, lucha por tu culpabilidad y vive. De ellos no se acordará nadie cuando estén muertos.  

Un reino eterno....(*)



En el Reyno de Murcia se envuelven longanizas con billetes de quinientos euros, se desprecian los impuestos directos, no así los indirectos, porque los ricos son mayoría y los pobres se refrescan con la brisa de octubre de las noches meridionales, que son blancas como las noches bálticas y serenas como el crepúsculo en los bosques boreales.
El tiempo transcurre en el Reyno de Murcia como en los días de La caída de los dioses de la estepa de Ismail Kadaré. Tierra hermosa, agua, mar, vida, mientras se recrudecen las campañas contra el pensamiento divergente, se abomina de los premios nóbeles y se mira en el ombligo ajeno el origen de toda maldad e ineptitud, congénitas en los otros, inexistente en nosotros.
En el Reyno de Murcia la vida se desenvuelve como en las mejores novelas de ciencia ficción: la paloma blanca del replicante fenece en las manos de la cultura, Blade Runner se proyecta en los cines de Orión y los parques temáticos atraen buitres a los futuros bosques, rápidos y estrellas dóricas de los alrededores de Alhama. ¿Alguien ha indagado la semejanza temática entre la novela decimonónica española y rusa?. Seguro que sí, pero nuestros valcarcianos no leen literatura, solo los apuntes de sus cuentas corrientes. Es triste como la tristeza de un incendio reflejado en la cara heroica de la luna declinante.
El Rey Padre nos sigue gobernando  con una guitarra española. De madrugada, canta a las nubes blancas que cruzan el cielo y observa perplejo los láseres de las zonas de fiesta. En derredor, los poetas escriben odas, sonetos, versos de rima libre, se acuestan a altas horas de la madrugada, hablan en los consejos de gobierno, beben y sonríen al rey. Toda la poesía del país de los últimos 16 años puede leerse en el Boletín Oficial del gobierno. Es mala, malsonante, sin ritmo, sin colorido: hangares desiertos, ciudades vacías en mitad de la nada o paralizadas a medio construir, proyectos futuristas, incendios, cuervos alrededor, serpientes, tortugas abrasadas, cloacas, dinero enterrado…
Nuestra felicidad en el Reyno de Murcia es relativa. Somos y no somos, reímos y lloramos al unísono, observamos en los demás la perfidia de la insolidaridad pero obviamos la nuestra propia, leemos Escuela de Mandarines y miramos para otro lado, reflexionamos sobre el caciquismo de la Restauración e intuimos los rostros de sus beneficiarios en la Corte Regia, sabemos que vivimos en el desastre permanente pero minimizamos y somos felices, somos un pueblo de súbditos felices gracias a Él, a nuestro eterno Rex

(*)- "Fue tan largo el duelo que al final casi lo confundo con mi hogar". Vestusta Morla


martes, 7 de octubre de 2014

Si alguna vez has sido hermoso en fragmentos de cristal...

" Si alguna vez has sido hermoso en fragmentos de cristal
Que empapan las estrellas con su luz de ojos de halcón,

Si alguna vez los pasos que retumban en el rocío de la madrugada
Han sido relámpagos con los que saciar la sed
De un cuerpo azul, húmedo, de sortijas de risa
Y bocas de papel y arena,

Si alguna vez tu cumpleaños te ha mortificado
Con una sonrisa de hiena ante su festín putrefacto,
Y has querido huir de las raíces de cemento
Que te atan a la realidad de bordados profilácticos,

Si alguna vez las calles han sido tu refugio
Y en mitad del campo, en lo alto del campanario,
En el frío tributo de dolor del asta de un toro bravo
O en las cornisas de carámbanos de las Torres Gemelas
De finales del siglo fenecido, has amado con el abandono
De las baterías de las lechosas cortinas del mar,

Si alguna vez has odiado el espejo del cielo
Y has llorado oculto
en los sifones de los edificios
Buscando la oscuridad eterna entre las ratas,
Las cucarachas y los orangutanes convertidos a la fe verdadera,

Si alguna vez has leído poemas de amor que te espacian la mente
Con las esquirlas oxidadas de los dientes de las comadrejas de los bancos
 Santander, Popular, Deustsche, Société Générale, England
(et alter)
Y has introducido poemas de Else Lasker-Schüler en los tarjeteros
De las cajeros automáticos con la intención de protestar
Y gritar y gritar y gritar y gritar y gritar
Hijos de puta en sus caras sonrosadas por el hielo del $,

Si alguna vez te has sentido persona y no has abofeteado el rostro macilento
De las fotografías de las portadas de los diarios más influyentes,
 te has meado y el viento se ha reído de ti porque eres  mediocre,
un perdedor, un harapiento, el gusano que te mira desde el dedo pulgar
y te señala con sus flacidez
y te guiña un ojo
y te devora la carne del cerebro, blanca, grasienta,
inútil para cualquier cosa que no sea babear ante una joyería,
o un concesionario de coches,
o una inmobiliaria,
o una tienda de ropa de marca…

Si alguna vez has pensado que yo no te miraba
Mientras tus ojos hundían la lujuria en un mar de relojes de oro,
Cartas náuticas, candelabros de plata, luces de mariposas
Aleteando nubes de aguardiente en el espacio minúsculo
Del ojo de una aguja,

Si alguna vez has pensado que pensar
No cimenta  Presas de las Tres Gargantas, ni humilla pueblos
Arrastradas gentes por el fango,
Ciudadelas de estrellas diurnas, luna hambrienta
De labios carmesíes, cuerdas infinitas que se ocultan
Detrás de los cedros y la nieve del Líbano,

Si alguna vez has adorado el becerro de oro,
Has leído dogmas de fe en libros sagrados
Que triangulan la mirada de la muerte en los versos satánicos
Del río de versos latinos en el canto opaco de los monjes
Gregorianos,

Si alguna vez has sido hombre
Y no has despreciado el ritual de la sangre,
Derecho natural desde las primeras pinturas rupestres naturalistas,
Y has besado con los labios de la mentira
Las conversaciones de los grupos de menos de cuatro personas,
Balas de gomas, botes de humos, sonrisas profident,
Una yegua de parto, el calor de la placenta,
Arde la paja y con el la vida de los seres abisales,

Si alguna vez has sido libre y no sabes la razón,
Volverás a leer este poema,
Quizá no la encuentres pero te reirás de ti mismo".