domingo, 28 de febrero de 2016

En lo alto del álamo


Fuimos en algún momento descubiertos en lo alto del álamo, apoyados en una rama, observando el crepúsculo y más allá el ardiente hielo de la aurora boreal. Éramos tú y yo y el viento de la atardecida que nos traía las voces del bosque blanco. Y muy lejos, tal vez más allá del océano, y del delta del río, y del viaje de los salmones, y del hocico de los osos pardos rozando la espuma de la cascada, y del corazón del águila dominando los límites de la salvaje creación, nuestros enemigos. Porque éramos inmensos, tú y yo, y no había infinitud que pudiera abarcarnos con sus dedos de polvo azul. En lo alto del álamo, nos sentíamos dioses verdaderos y despreciábamos a esos diosecillos del Antiguo Testamento, del Olimpo, de los bosques del círculo polar, de las grandes catedrales y de la carcoma de los santuarios renacentistas. Éramos y nunca dejaríamos de serlo, amando las estrellas o tallando las nubes con nuestros corazones de miel.
En algún momento las estrellas se fundirían en un espejo de sentimientos. Llevábamos millones de años esperando ese momento: en el álamo, en la hoja del abedul, en un orgasmo inmortal, tú encima, yo contemplando el arco iris cada vez que tu cabello se erizaba y refulgía en la penumbra. Nos amamos hasta desfallecer, ¿lo recuerdas? Era enero, tal vez febrero. Los almendros habían florecido, la vida brotaba de las cáscaras ocres del invierno, las nubes se alargaban en el horizonte, las laderas olían a humedad y a misterio. Y nosotros, tú y yo, tu sexo y el mío y la convicción de que el mundo había decidido suicidarse lentamente. ¿Qué más podría decir si acallabas mi voz con un beso, con tu piel cubriendo la mía, con tu mirada de miles de luciérnagas burlonas, si no era te amo, te amo, te amo…?
Te amaba. Cuando leíamos la poesía de Eloy Sotelo, cuando sentíamos su frío en el infierno de Leningrado, cuando bebía ávidamente sus versos en tus labios, cuando tú lo hacías en los míos, cuando las palabras del poeta crecían hasta rozar con su hermosura la incandescencia de las estrellas, te amaba. Los poemas de Sotelo a su compañera llorando en el puerto de Alicante, la sombra de las palmeras, la lluvia leve empapando con su rencor de victoria las ropas de la derrota. Dieciocho poemas te leí aquella madrugada, dieciocho veces me pediste que te abriera al Cosmos con el huracán desatado por la descripción de las calles de hielo y las ratas royendo el cuero de las botas. No podíamos hacer otra cosa. La lluvia helada golpeaba nuestros cuerpos sin súplicas que pudieran evitarlo. Éramos inmensos, el Universo no podía abarcarnos con su infinitud, pero éramos pequeños, débiles, inseguros. ¡Qué contradicción, amor mío! Nuestros sueños llegaban hasta la nada pero una gota de agua nos atemorizaba.
Y ahora, dos mundos después de nuestra caída definitiva, cubiertos ya con una hoja de parra, todavía te amo. Y tú lo sabes porque seguimos siendo un alma escindida en dos cuerpos. Semilla, yemas, un retoño, la flor que se abre y brilla como una perla que contiene en su interior toda la luz de la Vía Láctea. Esa eres tú y yo, y yo, a veces me siento polvo estelar que te rodea y te posee. Pero solo a veces. Otras intento huir de mí mismo y entonces me encuentro en ti, porque soy tú y tú eres una extraña subida a un álamo, que contempla como me vacío descendiendo a la húmeda tierra y confundiéndome con el humus.
Fuimos en algún momento descubiertos en lo alto del álamo. Y entonces nos separaron. Nos encerraron en vidas que no deseábamos y nos llevaron más allá del ardiente hielo de la aurora boreal. Eso fue cuando mis labios sabían a los tuyos y mi cuerpo y el tuyo corrían sin sentirse por el mismo cauce de la vida.

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viernes, 26 de febrero de 2016

Pedro y el lobo


Pedro Sánchez lanzó los dados de Andrés Cascales sobre la mesa camilla con el mantel de hule que tenía estampado el mapa de España. Se había quitado la chaqueta y la corbata, se había preparado un whisky con hielo y, corriendo las cortinas y atenuando la luz de la habitación, se encendió un camel. Hizo todo aquello que puede hacer perder unas elecciones a un candidato a la presidencia del gobierno sin posibilidad de enmienda. Los dados cayeron en la mesa, rebotaron, chocaron en el aire y se desplazaron en sentido contrario. Uno de ellos impactó en la botella de Glenrothes y se detuvo en la eme de Murcia, a la izquierda de la ciudad de Albacete. La muerte miró fijamente el rostro demacrado de Sánchez. El otro dado se desplazó por la mesa y se detuvo melancólicamente en el verde del norte de la provincia de Barcelona, acaso sobre el Montseny. El seis sonrió a la lámpara de la habitación. Los dados de siete caras no dijeron nada más, tampoco Pedro Sánchez se atrevió a interrogarlos. Eran mágicos, tenían intrahistoria, poseían un corazón propio que creció a lo largo de los siglos, desde La Cerdaña de la Alta Edad Media hasta la caída del Muro de Berlín, acumulando en su memoria a la vez carnosa y espiritual la experiencia de los comunes, de esa inmensa marea de gente que vivió la miseria, la explotación, el desprecio y el olvido en su leve pero digna existencia.
Sánchez se sentó a la mesa. Apoyó los codos en el escudo con el águila de San Juan y en el Estrecho de Gibraltar y preguntó en voz alta, tal vez para que lo oyeran los dados, o el alambique del whisky, o los fantasmas que se habían conjurado contra él propagando rumores sobre su inminente caída en desgracia:
—¿Qué queréis de mí? ¿Qué debo hacer para que la jauría que me rodea se apacigüe y vuelva a sus loberas?
Silencio. Un largo y blasfemo silencio. La soledad es lo más parecido a cien escorpiones aguijoneándote las entrañas cuando no encuentras respuestas a las dudas, ni a nadie que te susurre al oído el camino a seguir o que te anime reconociéndote valentía, aunque lo que sigua sea el cadalso. Lo cierto es que cuando el lobo sale a cazar, suele volver con sangre en el morro y con las vísceras de la presa en su aliento. Y cuando la manada abandona las loberas, una luna de sangre ilumina los límites del mundo conocido, por muy pequeño e intranscendente que pueda ser. Y en aquel enero, todas las noches fueron de caza y todos los días de lamerse las heridas. Por mucho que la historia nos hable de otros momentos de caza mayor, intensiva y despiadada, cada persecución es única y diferente. El lobo que guía a la manada puede ser inteligente, sanguinario, torpe, incluso gruñón y la manada, ágil, lenta, con lobos aguardando su momento… Lo único cierto es que Sánchez era la presa y seguiría siéndola durante muchas semanas. Cuanta mayor fuera la torpeza de la manada, más duraría la caza y los daños infligidos a una especie en vías de extinción pero también las posibilidades de supervivencia del lobo solitario, que por entonces merodeaba el cercado de ovejas buscando el cobijo de la lana y el diván del psicoanalista.
Pedro Sánchez recogió los dados de la mesa camilla. La muerte seguía observándolo, retadora, soberbia, con la guadaña brillando sobre el marfil de la cara del dado. Aunque la imagen de la muerte era del siglo XIX, una copia fidedigna de una baraja de tarot elaborada clandestinamente en el taller de Herederos de Muñiz, en la antigua calle del Contraste, para una antepasada de Andrés Cascales, las mechas de cabello rubio sobre la calavera, esa manera de sostener la guadaña con las dos manos, el paisaje de fondo (tal vez un olivar en la cima de una colina) y la espiga de trigo que sobresalía de una dentadura blanca y fuerte, resultaba familiar al político socialista. Incluso hubiera jurado verla sentada en segunda fila del Comité Federal del partido haciendo reír a un barón socialista de las tierras bajas de latifundios al otro lado del río Duero, mientras él explicaba su oposición a un nuevo gobierno de Rajoy y su predisposición a pactar en lo posible con Podemos. ¿O habría hablado con la muerte en las largas noches de insomnio que padecía después de incumplir lo pactado con sus mentores en el partido y presentarse a las primarias para ser candidato a la presidencia del gobierno? Lo cierto es que, desde entonces, las pesadillas le abordaban en cualquier momento de asueto, ya fuera cuando echaba una cabezada en el largo viaje en coche para participar en un mitin o cuando después de cenar con sus partidarios, se retiraba a la solitaria habitación del hotel y zapeaba buscando canales de televisión que no hablaran de política o que no emitieran basura a cualquier hora. Durante la campaña electoral solo tuvo apenas hora y media de tranquilidad en compañía de Andrés Cascales. Fue en Murcia. Después de visitar el Museo Gaya en la Plaza de Santa Catalina, Cascales se lo llevó a un aparte, le entregó los dados explicándole su uso y sus posibilidades. Pedro Sánchez aceptó el obsequio.
—Vamos a algún sitio que podamos hablar tranquilos —dijo el político madrileño—. ¿Un café?
Salieron a la plaza seguidos por dos escoltas. Nadie reconoció a Pedro Sánchez o no quiso importunarlo con peticiones de selfies u ostentosos desprecios. La gente cruzaba la plaza en diagonal, se dirigía a la aledaña Plaza de las Flores, hablaba en grupos o, sentada en las mesas de los bares, saboreaba una cerveza, el hojaldre del pastel de carne, unas almendras o el aroma de las rosas. El sol brillaba en lo alto. La luz mediterránea se enredaba con las hojas de los naranjos. Delante del lugar en el que en el pasado estuvo el Contraste de la Seda, ahora ocupado por el edificio de la Unión y el Fénix, Andrés Cascales se sinceró con Pedro Sánchez:
—Desde 2011 ayudo a los perdedores, Pedro. Hasta entonces puse la brujería al servicio de los poderosos. Estuve con el partido socialista de Felipe González, con Aznar… pero la maldita crisis ha cambiado mis prioridades. Siento decirlo: eres un perdedor y necesitas mi ayuda.
—¿Como Garzón?, ¿como Albert Rivera? Sé que estuviste en Barcelona, en la sede de Ciudadanos. Albert no es precisamente un perdedor, querido Andrés.
—Albert se arrastrará pidiendo la gran coalición, Pedro. Tiene los dados pero no la magia para usarlos. Muchas veces , la Historia la escribe gente que supo engañar al futuro y a los que, con sus puñales, la aguardaban emboscados detrás del escenario. Tú puedes burlar el destino. Está en tus manos.
—Los lobos me esperan en Despeñaperros. La veda está abierta. Solo unos buenos resultados en las elecciones del día veinte podrán retrasar la cacería.
—Utiliza los dados, Pedro. Consúltales tus dudas. Te enseñarán el camino a seguir, y aunque haya una bifurcación tú tendrás la última palabra. Llámame cuando me necesites.
Al mediodía de un día de diciembre, el sol brillaba sin nubes y hacía que las calles resultaran cálidas y acogedoras. Quedaban pocos días para la llegada del invierno pero nada hacía presagiar la llegada del frío, atenuado en estas latitudes pero suficiente para enervar al bon vivant un tanto barroco que llevan dentro los habitantes de estos lares.
Pedro Sánchez volvió con los suyos, los abrazó, los besó, les dedicó palabras cariñosas, guiños de complicidad. Allí donde estuvo, sabiendo que eran leales o lobos con piel de cordero, solo tuvo sonrisas y buenas intenciones. El partido vertebraba a la nación, el partido garantizaba la sanidad y la educación públicas, gratuitas, universales, el partido defendía la laicidad del Estado, la libertad, la igualdad, la fraternidad… Y más besos, y más miradas que encandilaban, y más sonrisas que iluminaban los mítines con una luz blanca, calidad, de ensueño. En cada mitin, en cada comida o cena con los militantes, en los paseos por calles y plazas, en los debates emitidos por las televisiones, Pedro Sánchez acariciaba los dados que guardaba en el bolsillo del pantalón recordando la despedida de Andrés Cascales, la insistencia del brujo murciano para que lo llamara cuando tuviera alguna duda sobre qué decisión tomar o su franqueza al motejarlo de perdedor.
El 20 de diciembre se celebraron las elecciones generales. Ese mismo día, pero del año 1973, fue asesinado Carrero Blanco y se inició el Proceso 1001 contra los diez de Carabanchel, los luchadores de la clase obrera que militaban en las Comisiones Obreras. Las encuestas a pie de urna no fueron muy halagüeñas para Pedro Sánchez y sus seguidores. El temido sorpasso de Podemos amenazaba el futuro de un partido político con casi 137 años de antigüedad, el partido socialista europeo más longevo después del Partido Socialdemócrata alemán. Aunque los nervios afloraron en el número 70 de la calle de Ferraz, sede central del PSOE, Pedro Sánchez mantuvo la calma, la sonrisa y las buenas palabras, a pesar de las llamadas telefónicas que anunciaban el fin del partido y de alguna otra que exigía responsabilidades políticas. El político madrileño había consultado a los dados de Andrés Cascales los resultados de las elecciones y éstos no coincidían con las encuestas a pie de urna. El brujo murciano le confirmó que su partido obtendría 90 o 91 escaños y la constelación de Podemos, 69. A medianoche se confirmó el pronóstico de los dados del brujo murciano. A la una de la madrugada del 21 de diciembre, Pedro Sánchez se retiró a una pequeña habitación de la primera planta de la sede socialista, dotada con sofá para echar una cabezada y mesa camilla cubierta con un mantel de hule estampado con un mapa de la España fabricado en 1962. Se quitó la chaqueta y la corbata, se preparó un Glenrothes con hielo, corrió la cortina de la ventana y se encendió un cigarrillo antes de lanzar los dados sobre el mantel de hule. “Allá van” —pensó—. “Mi futuro en el aire”. La muerte se detuvo al noroeste de la provincia de Albacete, el seis entre las provincias de Barcelona y Gerona. Tenía que interpretar el resultado: ¿qué le decían los dados?, ¿seguir adelante o abandonar un barco con una brecha de agua que lo escoraba hacia estribor deslizándolo suavemente en los brazos de Rajoy? Horas antes había recibido la llamada de un empresario amigo que le animaba a participar en la gran coalición. La inestabilidad no era buena para los mercados, la reforma de la reforma laboral tampoco. No era luna de noche llena pero Pedro Sánchez creyó escuchar el aullido del macho alfa de la manada llamando a la cacería. Finalmente llamó a Andrés Cascales.
—Andrés, no sé qué hacer. No sé cómo interpretar los dados.
—¿Qué te ha salido?
—La muerte y un seis.
—Sigue adelante amigo. Tienes el cincuenta por ciento de posibilidades de ganar. O tocas las estrellas con los dedos o mueres en el olvido. Tú decides. Yo lo tendría claro. Eres el líder y debes hacer lo correcto, no lo que te exigen los barones.
—Pero el lobo…
—Pedro, los lobos no existen. ¿No te lo explicó tu madre? El miedo a los lobos es lo que nos hace débiles, no su existencia. Y cuando en el Comité Federal imiten su aullido, recuérdalo: en los mercados no hay lobos, hay buitres y ellos sí te comerán las entrañas, comenzando por el hígado… Cuídate del Día de los Inocentes. Habrá cacería durante semanas pero descubrirás que los cazadores son gatos y sus arañazos casi caricias en comparación con los picotazos de los carroñeros. ¡Suerte!
http://www.lacronicadelpajarito.es/blog/fsaura/2016/01/pedro-y-lobo


miércoles, 24 de febrero de 2016

Garzón lanzó los dados al aire


Alberto Garzón lanzó los dos dados al aire, por encima de su cabeza. No quería hacerse trampas intentando que cayeran las dos caras deseadas. Cuando una persona se mete en política busca la victoria en todo caso, no convencer, ni adoctrinar, ni demostrar que las ideas propias, y su elaboración más o menos sofisticada, tienen la aquiescencia de la sociedad. Éste, al parecer, no era el caso de Garzón que, no renunciado a la victoria, intentaba impregnar a la sociedad con sus ideas, para algunos brillantes y sofisticadas, para otros, tal vez la mayoría, arcaizantes y denostadas por el tiempo y, sobre todo, por la historia. Los dados de siete caras, obsequio de Andrés Cascales, bailaron durante demasiado tiempo en el aire, cayendo lentamente, como la hojarasca pálida de los arces allá por noviembre. Unos segundos que en determinadas ocasiones saben a espera eterna en la antesala del infierno, o tal vez del cielo (¡quién sabe!). Finalmente rebotaron en el parquet de la oscura habitación, chocaron una vez sus aristas y se posaron suavemente en los dos extremos de la sala.
Los dos dados, regalados a Garzón, como ya se ha dicho, por Andrés Cascales en un encuentro de la acampada de la Plaza del Sol, en mayo de 2011, tenían siete caras y eran utilizados por el brujo murciano para predecir los resultados de las elecciones con meses, en algún caso años, de antelación a su celebración. Como ya escribimos en algún sitio, “después del verano de 2015, lo vimos (a Andrés Cascales) navegar por las estelas de Ciudadanos. Había escrutado en el ambiente hacía dónde corrían los oportunistas y él, que había perdido las virtudes de sus ancestros de La Cerdaña, hizo cola a la puerta del partido de Albert Rivera, como muchos otros”. Pero eso fue mucho después. En mayo de 2011, hastiado de los partidos tradicionales se había unido al viento heterodoxo que barría las plazas del país en aquellos extraños meses de ventisca primaveral, abandonando momentáneamente el arte de la brujería. Cascales había esbozado sobre el papel imágenes poéticas muy valoradas por sus nuevos compañeros de aventura. Fue muy celebrado, por el propio Garzón pero también por Pablo Iglesias o Iñigo Errejón, aquel poema que terminaba con las siguientes estrofas:
“Pero aquel mayo la ingenuidad ocupó todo el espacio a la sombra del campanario, y ni siquiera el estilete del derecho penal o administrativo pudo reventarla,
Y la primavera olió intensamente a libertad, esa forma de violencia que aterra cuando se ejerce en la calle y conforta cuando se circunscribe a los despachos y a las firmas oficiales.
Olores violentos de un mayo que se hizo ingenuo a mitad de mes sin saber el por qué”.
Pero las vetas literarias de Andrés Cascales no vienen a cuento en esta narración. Lo que nos interesa para la ocasión es que el brujo murciano había diseñado unos dados para predecir los resultados de las elecciones, no importaba de qué tipo. Los dados eran dos, tenían siete caras. Las seis primeras marcaban del uno al seis, la séptima llevaba impresa la imagen de la muerte, copiada de una antigua baraja del tarot elaborada clandestinamente por Herederos de Muñiz en la Murcia de mediados del siglo XIX. El mecanismo para predecir era muy sencillo: se lanzaban los dados dos veces al azar. El resultado del primer lanzamiento oscilaba entre 1 y 12 (la muerte sumaba cero). El resultado del segundo lanzamiento de los dados se multiplicaba por el número obtenido en el primero. El resultado máximo de la operación era de 144. Se podrá pensar que, en este caso, ningún partido político podría superar, para el Congreso, 144 diputados. Pero aquí entraba lo que los expertos en encuestas han bautizado como la “cocina” y que en el caso de Cascales no se basaba en el conocimiento matemático. El brujo murciano, como se escribió en su momento en el New York Times, “descendía de una familia de brujas (la madre, las tías, una abuela, dos bisabuelas…) que se adentraba en las etapas más oscuras del Medievo, en el antiguo Reino de Murcia y, más atrás, en la Cerdaña catalana. Y de ellas, de su madre, tías y abuela primeramente, aprendió la ciencia astrológica de una manera que repelía la superchería y la impostura. En pocos años se especializó en la lectura de las estrellas, investigando e innovando en disputas astrológicas que se desarrollaban, ora pacíficamente ora en guerras encarnizadas que terminaban en los cadalsos y, según los países, en la hoguera”. Andrés Cascales utilizaba un coeficiente de corrección que oscilaba entre 0,5 y 2,43 para el Congreso, que había perfeccionado desde las elecciones generales de 1983. En esas elecciones, celebradas un 28 de octubre, ocho días después de la pantanada de Tous, aplicó inicialmente al PSOE 144 diputados y los multiplicó por 1,355, dando un resultado de 195 diputados, 7 menos de los que obtuvo finalmente el partido fundado en mayo de 1879 por Pablo Iglesias, conocido a partir de 2014 como “el viejo”.
Esto explica el interés mostrado por Alberto Garzón al lanzar los dados al aire. Sabía que en sus siete caras estaba escrito su futuro político, que en su lento descenso hasta rebotar en el suelo, que recordaba el vaivén de las hojas quebradizas de los arces venciendo la resistencia del aire anticiclónico de los primeros días de diciembre, se podían leer las preguntas que cualquier mortal realiza al futuro. En el materialismo ideológico de nuestro hombre no podía faltar esa carta que nos guardamos en la manga de la camisa y que, en definitiva, es como una vela puesta a nuestros ancestros para que nos cubran con la luz de los mundos antiguos en los que la magia era un arte y la brujería una forma de libertad. Garzón se arrodilló para observar las caras de los dados que miraban al techo de la habitación. No podemos negar que tanto él como el narrador de estos hechos quedamos decepcionados por la artera decisión de los dados: dos unos. Todavía quedaba el segundo lanzamiento —pensó mientras se mecía la leve barba que le ocultaba el mentón—, y podría obtener, antes del índice de corrección, hasta 24 diputados si los dados le eran propicios. Desde noviembre de 2011, cuando salió elegido diputado, soñó con el momento de encabezar la candidatura de IU por la capital del reino. Tuvo en su travesía aliados y enemigos, tuvo grandes esperanzas y grandes desilusiones. La irrupción de Podemos fue un duro golpe para sus aspiraciones. El abandono de un barco a la deriva por los mares de la utopía nunca pasó por su cabeza, a pesar de que sirenas semejantes a las que llevaban a la perdición a los marineros, que surcaban las entrañas orientales del Mediterráneo en los frisos dorados de la Grecia antigua, le tentaban a subirse a la balsa salvavidas. Tania Sánchez fue una de esas sirenas: rubia, hermosa, buena conversadora, sobradamente preparada, un diamante tallado… el pecado en persona.
Alberto Garzón recogió los dados del frío suelo, los calentó entre los dedos, llegó a besarlos con la calidez de sus labios. El espíritu de la superstición, enemigo acérrimo de la ciencia, lo poseyó durante breves segundos, los suficientes para sentir el terror de un ser humano sometido a la bravura de una realidad que llevaba la destrucción allí dónde aparentaba reinar la armonía y el amor entre iguales. Pensó en Rincón de la Victoria, en la fina arena de la playa, en la torre vigía en lo alto, en las olas, en su blanca espuma, en su hermano Eduardo, en sus escritos, en Vicenç Navarro, en el amor por las cosas sencillas… pensó que aquellos dados le debían algo. No sabía muy bien el qué, pero de alguna manera sus ideas no podían ser rechazadas por la astrología ni por sus creyentes. Volvió a besar los dados y los lanzó al aire. En esta ocasión, cayeron a plomo al suelo, rodaron unos centímetros hasta detenerse pesadamente, como los materiales del núcleo de cualquier asteroide viajando por el Universo. Garzón se arrodilló de nuevo y su rostro tornó blanquecino. Un uno y la muerte. Dos diputados multiplicado por uno, y sin aplicar el coeficiente de corrección, que temió menor a uno.
Nuestro hombre se sentó en el suelo, intentó cambiar el destino con los dedos pero parecía como si los dados hubieran enraizado en el suelo. Pensó en lo que le dirían, y sobre todo en lo que le harían, sus compañeros de partido en la madrugada del 20 de diciembre. Finalmente, pudo marcar los números del teléfono de Andrés Cascales. El tono del teléfono sonó cuatro, cinco veces…
—¡Diga!
—Andrés, soy Alberto.
—¿Has consultado los dados, amigo?
—Sí, ¿qué coeficiente le aplico?
—En el caso de Izquierda Unida, un 0,5.
Garzón guardó silencio mientras Andrés Cascales, al otro lado de la línea, le explicaba el método utilizado para fijar el coeficiente de corrección. Soñó en una soledad que duraría cuatro años, en las ramas secas del árbol de la esperanza, que siempre rebrota en los momentos más difíciles de la historia, en las verdades que acariciaba en cada libro, en cada entrevista, en cada mitin… y fue feliz porque en su soledad se sentía libre de ataduras y convencionalismos.
—Por cierto —continuó Cascales—, ¿cuántos diputados te han dado los dados?
—Dos —respondió Garzón—. Con tu maldito coeficiente, uno.
—Te basta, Alberto. Tú eres el futuro.

viernes, 19 de febrero de 2016

Soy Rajoy ,Mariano Rajoy


—Soy Rajoy, Mariano Rajoy.
El político gallego le tendió la mano a Andrés Cascales. Era abril, un oloroso y cálido abril de 1997. Tal vez como como cualquier otro abril de finales del siglo XX, tal vez un mes distinto para el brujo murciano que había retornado al lugar de su niñez poco tiempo antes. Rajoy era ministro del primer gobierno Aznar. De aquella época es su imagen en la portada de la revista El Fumador, con la barba más poblada y negra, su mirada eterna, el puro en la mano derecha, corbata estampada, camisa a rayas, chaqueta discreta. Un típico conservador que en 1996 podía decir sin ruborizarse: “Fumar es una virtud”. De eso hace un millón de años, o dos. Y sin embargo han transcurrido solamente veinte años, casi la mitad de tiempo que tiene la Constitución Española. Cosas de la normativa antitabaco establecida para el, para muchas personas decentes, peor político que ha padecido la gran nación española: Rodríguez Zapatero.
Cascales le aceptó la mano. Fue un saludo distante. El político gallego buscaba algún periódico deportivo en la sala de lecturas del hotel, deseaba estar solo, con sus pensamientos, recordando el olor del musgo o el rumor del agua despeñándose por la cascada del Toxa. Intercambiaron unas pocas palabras sobre las semejanzas y diferencias de las bruxas y las meigas gallegas, algo de poesía —años después quiso recordar que recitó unas estrofas de Negra Sombra de Rosalía de Castro—, el océano y, no recuerda la razón, sobre los dólmenes en Galicia. Eran años de confianza. Aznar tenía como asesor personal a Pedro Arriola y el año anterior, en la calle Génova, los seguidores del PP gritaron a coro en la noche electoral aquello de “Pujol, enano, habla en castellano”. ¿Para que necesitaba el PP un brujo? “Supercherías” —pensó Rajoy mientras se alejaba envuelto en una nubecilla de humo—.
Andrés Cascales trabajó durante muchos años para el Partido Popular murciano. Como ya hemos escrito en algún lugar, innovó y perfeccionó la ciencia astrológica prediciendo la composición de la Asamblea Regional de las elecciones autonómicas de 1999, 2003, 2007 y 2011 con un error inferior al 2%. Pero lo más extraordinario fue que “sus predicciones se adelantaban en dos años y un mes a la celebración de las elecciones correspondientes, permitiendo a los políticos populares la tranquilidad necesaria para centrarse en la felicidad de los gobernados” (*). El brujo murciano vivió plácidamente en su tierra, en una torre huertana rodeada de palmeras y limoneros, observando las estrellas y perfeccionando el tarot. Por entonces, dedicó sus estudios a elaborar unos dados de siete caras con las que pensaba revolucionar la predicción electoral. Fueron años de felicidad. Trabajaba en casa, en el jardín de la torre, rodeado de flores y absorbiendo con todos los poros de su piel la calidez del sol mediterráneo. De vez en cuando recibía visitas de los prebostes populares de la Región. Cuando los anocheceres eran claros y sabía que las estrellas brillarían rutilantes en el jardín, los invitaba a cenar. A medianoche echaba las cartas alegrando la velada a unos políticos que se creían eternos e indestructibles.
Pasaron los años. En el 2000, el Partido Popular ganó las elecciones generales con mayoría absoluta. Un año antes, Valcárcel renovó su presidencia regional con un apoyo del 52,6% de los votos. Eran tiempos amables. La derecha volaba sobre las tierras españolas con la agilidad de las gaviotas. No había nubarrones en el cielo. Pronto se sustituiría la peseta por el euro y el reino eterno de la abundancia nos besaría con sus labios de carne y oro. Los españoles vivíamos con la confianza de ser unos seres afortunados. Al menos, creíamos serlo. Y los murcianos, los primeros. ¿Y quién podría afirmar lo contrario? Vivíamos en un país edénico que solo podía provocar envidia sana y el deseo de los foráneos de establecerse en nuestras tierras, en un adosado blanco junto a un campo de golf, con la montaña a un lado y una hilera de palmeras ensangrentadas al anochecer cerrando las posesiones del Señor. Solo un grupo de iluminados mantenían las antorchas encendidas en el erial del pensamiento en el que habitábamos. Se les motejaba de antimurcianos. Nunca se sabrá si eran unos excéntricos o unos visionarios. La crisis, que comenzó en los últimos años de la primera década del siglo sufriente, convirtió en ceniza muchos proyectos. El paso del tiempo y el abandono hizo el resto del trabajo. El desprestigio de sus impulsores, emprendedores que llegaban con grandes proyectos y con la calderilla suficiente para convencer a los incrédulos, acabó por borrarlos para siempre de la faz de la tierra murciana.
A comienzos de diciembre de 2002, Andrés Cascales recibió una llamada de Valcárcel. Al parecer, Mariano Rajoy quería hablar con él. Habían pasado más de cinco años desde el primer y, hasta entonces, último encuentro. El viento había soplado a favor del Partido Popular, que tenía sus barcos en puertos protegidos de la intemperie electoral. Aznar había dejado de utilizar el catalán en la intimidad y ahora hablaba el castellano mesetario, duro y solemne de las verdades eternas y, más tarde se sabría, un inglés con acento tejano. Enfrente tenía a Rodríguez Zapatero, un bambi enternecedor del que no se esperaba mucho, por no decir nada. Por desgracia, un inoportuno temporal en la costa atlántica de Galicia había provocado el hundimiento de un petrolero y el mayor desastre ecológico sufrido por nuestro país. El litoral afectado por el naufragio delPrestige abarcó desde el norte de Portugal hasta Las Landas francesas. Una nueva palabra, chapapote, se popularizó en la lengua hablada sustituyendo a la autóctona galipote. El nunca máis tiñó de negro la bandera gallega. Por esos días Mariano Rajoy era portavoz del gobierno. El 5 de diciembre informó sobre “unos pequeños hilillos que se han visto, cuatro regueros que se han solidificado con aspecto de plastilina en estiramiento vertical” que salían de la proa del barco hundido. En realidad, se trataba de la fuga de 250 toneladas diarias de combustible a través de 14 grietas.
Rajoy estaba desesperado. Sufría con cada comparecencia pública. No soportaba el escrutinio público al que estaba sometido. Creía que sus asesores eran unos ineptos. Entonces recordó la breve conversación que mantuvo cinco años atrás con ese brujo murciano (“¿cómo se llamaba?”), con el que habló de bruxas y meigas, de la poesía de Rosalía de Castro, del dolmen de Dombate y, creía recordar, del mar cerca de Laxe. Llamó a Valcárcel, pleno de gozo en su Feliz Gobernación. El presidente murciano se hizo cargo de la lamentable situación por la que estaba pasando su amigo, provocada por gente que quería obtener réditos electorales de un desastre del que nadie era responsable, en todo caso el capitán del barco. Esos nacionalistas del Bloque y los tontos útiles del Partido Socialista Gallego siempre metiendo el dedo en el ojo. Y como siempre los ecologistas, esos melenudos a los que les gustaría vivir en cavernas y pintar en la roca húmeda con tintes vegetales. Valcárcel le dio la razón: en la Feliz Gobernación también había tipos de esa calaña que defendían la limpieza integral del río y protestaban contra la construcción de puertos marítimos y campos de golf.
Al anochecer del Día de la Purísima, una comitiva de vehículos se detuvo en la puerta de la torre de Andrés Cascales, en un carril sin salida que finalizaba en una hilera de palmeras dispuestas en arco junto a una acequia. Nubes rojizas y alargadas se extendían hacia el oeste. La brisa cálida de poniente agitaba los chopos del jardín. Andrés Cascales saludó a los visitantes. Había preparado una cena fría debajo de un sauce que filtraba el tenue brillo de las estrellas. El lejano ladrido de un perro rompía el silencio de la noche.
Rajoy, Valcárcel y Cascales pergeñaron el futuro de la política nacional alrededor de una mesa de madera de morera, bajo el sauce. La baraja del tarot a un lado, unos dados todavía muy primitivos al otro, la sensación de vulnerabilidad de Rajoy y el horizonte despejado y claro que permitía al presidente murciano observar la serenidad de un futuro lejano, hicieron que aquella noche fuera de exorcismos y del destierro de los muchos fantasmas que agobiaban al, por entonces, portavoz del gobierno. Cascales le confirmó que aunque Rato era el preferido de Aznar, finalmente él sería el elegido para sucederle en la presidencia del gobierno. Un acontecimiento internacional, posiblemente la guerra en Irak, trastocaría su futuro para bien. Pero para que tal cosa ocurriera, las cartas dijeron a Rajoy que el silencio debería ser su norma de comportamiento ante José María Aznar. No llevarle la contraria, asentir aunque no estuviera de acuerdo, cumplir eficazmente sus tareas como ministro, olvidarse de los hilillos de plastilina y decir generalidades que no comprometieran a nada, huir como del diablo de los periodistas y de todo lo que pudiera ser utilizado en su contra… Aznar había comenzado tiempo atrás a hablar la lengua del imperio en donde nunca se ponía el sol, y contrariarle podía ser letal. Así lo hizo el político gallego, y con los años huyó de todas aquellas situaciones que pudieran contrariarle o contrariar a sus allegados. Era mejor esperar a que se pudrieran las relaciones personales, o a que los acontecimientos llegaran a un callejón sin salida antes de hacer un relevo o tomar una iniciativa. Pero las cartas no llegaron a tal precisión ni la muerte apareció por ningún lado. Acaso una enfermedad grave en el primer trimestre de 2004, durante los primeros días de marzo. Los dados tampoco hablaron mucho. Estaban poco trabajados y Cascales no había estudiado sus posibilidades.
La noche del ocho al nueve de diciembre acabó con whisky y puros. Y con el convencimiento de Valcárcel de que mientras tuviera a su lado a Andrés Cascales, nada malo le podría ocurrir. El paisaje de su tierra natal era brillante y oloroso, lleno de satisfacciones, abrazos, besos, cenas y risas… el país de la eterna serenidad, su Feliz Gobernación. Por su parte, Mariano Rajoy ahuyentó el miedo a los fantasmas del partido que le hacían comportarse con inseguridad. ¡Ojalá hubiera tenido a su lado al brujo murciano desde 1997! Nunca más entraría en minucias técnicas o científicas. Incluso cuando en 2007 se le preguntó sobre el cambio climático obvió pronunciarse remitiéndose a su primo, que no sabía si iba a llover o a hacer soleado el día siguiente en Sevilla. Dejar pasar el tiempo mientras todo se pudre en derredor.
Andrés Cascales trabajó para el Partido Popular hasta 2011, coincidiendo con la acampanada de la Puerta del Sol. Valcárcel lo retuvo a su lado hasta entonces. Confiaba en él. Sin embargo, a pesar de haberle prometido agradecimiento eterno, Mariano Rajoy no volvió a visitarlo nunca más. Tampoco es que le importara mucho. Lo que vio en el alma del político gallego no le gustó. Y aunque conservaba el número privado de Rajoy, nunca lo llamó ni él recibió una llamada suya, ni siquiera el 11 de marzo de 2004. Cascales simpatizó con los partidos emergentes muy pronto. Incluso viajó a Barcelona a entrevistarse con Albert Rivera. Pero su alma rebelde le hizo acercarse a la Plaza del Sol para participar en aquel paisaje urbano que rememoraba la polis griega, el ágora, la libertad para opinar y crear nuevos mundos a partir de las ruinas, materiales pero también morales, de la gran Crisis del Siglo XXI. Conoció a Garzón, a Iglesias, pero sobre todo se enamoró de la gente anónima que abarrotaba la plaza.
El 20 de diciembre de 2015, hacia la medianoche, Cascales recibió una llamada desde un número oculto. Dudó en responder. La noche era suave y en el jardín de la torre el aroma de la huerta armonizaba extrañamente con una sinfonía de Shostakóvich. Se había acercado a votar por la mañana, y mientras consultaba los resultados electorales en la tableta se convencía de que se avecinaban tiempos de cambios profundos. Finalmente, aceptó la llamada. Al otro lado de la línea, una voz de hombre dijo:
—Llamo de la sede del Partido Popular. Mariano Rajoy quiere hablar con usted. Le transfiero la llamada. No cuelgue.
Andrés Cascales sonrió. Estaba leyendo Un ejército al amanecer. “Rajoy quiere hablar conmigo” —pensó—. “Hoy ha tenido su Kasserine particular”. Cortó la llamada y apagó el teléfono móvil. Se preparó un whisky y entre sorbo y sorbo recitó en voz alta fragmentos del poema Negra sombra de Rosalía de Castro:
“Cando penso que te fuches, / Negra sombra que me asombras, / Ó pé dos meus cabezales/ Tornas facéndome burla” (“Cuando pienso que te fuiste, Negra sombra que me asombras, / Al pie de mis cabezales, /Vuelves haciéndome burla”.)

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miércoles, 17 de febrero de 2016

¿Cómo se llega a Sabadell, Albert Rivera?


Andrés Cascales recibió la llamada telefónica de Alberto Garzón (*) mientras aguardaba, en la sala de espera de la sede de Ciudadanos, a que lo recibiera Albert Rivera. Hacía años que no viajaba a Barcelona. Todavía recordaba sus calles blancas y luminosas, sus gentes acogedoras, la Boquería y las noches húmedas de finales de noviembre. Y a aquel amor de los 20 años, retoño de emigrantes murcianos en Sabadell, que conoció a la orilla del Mar Menor y que le poseyó durante un corto verano con su cuerpo ensortijado y sus manos de estrellas diseminadas por su piel. Aquella ciudad que conoció de joven ya no era la misma. Siempre la contempló con la mirada de un viajero ocasional, saboreando sus plazas y amplias avenidas, sus colores brillantes que contrastaban con la ceniza predominante de su ciudad natal y ese olor a oportunidades aguardando en cada esquina de la ciudad vieja. Todo aquello acabó décadas atrás y nunca quiso saber si no acompañar a Sabadell a su amada fue uno de los errores más imperdonables o un hito insustancial de su ya larga vida. Los brujos suelen errar cuando intentan predecir su propio futuro, sobre todo cuando el corazón anda por medio.
Andrés Cascales se apeó en la estación Diagonal, en el Paseo de Gracia. Quedaban dos horas para que Albert Rivera le recibiera en los locales de Ciudadanos en la calle Balmes. Subió a la superficie y sintió en su rostro, como le había ocurrido en otras ocasiones, la calidez vaporosa de una ciudad cosmopolita. Decidió acercarse a La Pedrera, buscando en el edificio el espíritu del mar meciendo los acantilados y abriendo miradores de algas en sus entrañas. Había admirado su fachada treinta y cinco años atrás, en octubre, junto a su amor del estío, el último día que estuvo con ella, el lejano día que decidió dejar de amar. Con 55 años cumplidos en abril, y el corazón asaetado por las heridas del olvido, la Casa Milá le provocó indiferencia. A su alrededor no revoloteaba una constelación de estrellas, ni sentía en su piel el susurrar del deseo. Estaba solo en Barcelona, y esto, se quiera reconocer o no, solo podía producir tristeza. Volvió sobre sus pasos y se dirigió a la calle Balmes caminando bajo los plátanos de la Diagonal. El viento agitaba las ramas de los árboles y la hojarasca se arremolinaba en las esquinas de los edificios. El otoño tardío se llevaba, en su ocaso, las anheladas sombras de las tardes estivales.
Cascales acariciaba con las yemas de sus dedos el relieve de las caras de los dados que guardaba en el bolsillo del pantalón: el uno, el dos… El cuerpo retorcido de la muerte. Años atrás, en mayo de 2011, había regalado un juego de dados idéntico a Alberto Garzón. Se habían conocido en la Plaza del Sol de Madrid y habían simpatizado casi al instante. Entre tiendas de campaña, cabellos ondeando al viento, libros, manuscritos, reuniones en las que se discutía sobre un país nuevo, gritos sordos y esperanza, un inmenso arco iris de esperanza, Cascales se dejó llevar por la alegría que había surgido en el blanco despertar de una juventud hastiada. Allí estaba también Pablo Iglesias, el joven, y miles de personas anónimas que decidieron que mayo era un mes hermoso para creer y para dar los primeros pasos de futuro. Pero Andrés Cascales, abandonados sus contratos profesionales con el Partido Socialista Obrero Español y con el Partido Popular, que le habían permitido comprarse una casa a la orilla de un mar azotado por el viento del noreste y transformarse en un eremita acompañado solo de sus libros y de sus largas y meticulosas contemplaciones del oleaje verdoso, pronto desatendió sus nacientes sueños de cambio social y buscó en el viento que se acercaba desde el destino el rostro ganador, el nuevo Mesías que habría de acompañarnos a los lindes del paraíso terrenal. Y quiso encontrarlo en Albert Rivera. Las respuestas de los dados de siete caras, que arrojaba al aire en las noches de luna nueva, fueron fijando con gran precisión el rostro que habría de guiar al país por las estelas de la renovación y desarrollo económico y social. Un rostro agradable, incluso apuesto, impropio de una sesión de brujería en la Casa de la Mota, en la huerta, rodeada de limoneros, caquileros y raíces de mandrágora danzando alrededor de sus muros encalados de aguardiente, pero atractivo para una mayoría social urbanizada y alejada desde hacía décadas de los ocultos secretos de las madrugadas rurales.
Una tarde de abril, como ya hemos escrito en algún otro lugar, Andrés Cascales llamó a las puerta de Ciudadanos e hizo cola detrás de numerosos aspirantes a ingresar en el partido. No obstante, un hombre como él, que había predicho con milimétrica precisión los resultados de las elecciones autonómicas de la Región de Murcia de 1983, 1987, 1999, 2003, 2007 y 2011, que había asesorado a Felipe González a partir de 1992 y al Partido Popular de Murcia a partir de 1998, no pudo pasar desapercibido por los dirigentes regionales de Ciudadanos. Le hicieron abandonar la cola y lo invitaron a comer en un restaurante cercano a la sede, en la calle Gabacha. Murcia estaba en fiestas, las calles olían a azahar y a paparajote, las noches eran frescas y los mediodías azules y alegres, días idóneos para reír, sincerarse y beber hasta entrada la tarde. Mientras comían, Cascales puso los dados de siete caras sobre la mesa. Los acompañantes los observaron con gran interés.
—¿Son los que utilizaste para predecir los resultados electorales? —preguntó el más joven, y posiblemente el más inteligente, de la reunión.
—No, son nuevos. Los otros se los regalé a Alberto Garzón hace cuatro años. Me pareció un buen tipo. Estos los voy a utilizar por primera vez para el 24 de mayo. Son mejores que los anteriores. Para la representación de la muerte me inspiré en una pintura de Pieter Brüegel en la que aparece pensativa, con el codo apoyado en la rodilla y la mano en la frente. Para los puntos que representan los números utilicé una tintura especial realizada, tal como me enseñó mi abuela, con raíces del bosque.
—¿Y cómo funcionan?
—Es muy sencillo. Para la Asamblea Regional se utiliza un solo dado. Se lanza dos veces y se multiplican ambos resultados. Luego aplico un cociente de corrección que oscila entre 0,5 y 1,25. En el caso del Congreso de los Diputados es más complejo. Se lanzan los dos dados y el cociente de corrección oscila entre 0,5 y 2,43.
—¿Podrías predecir los diputados que vamos a obtener el mes que viene? Si no lo crees apropiado o si piensas que no es el lugar adecuado, nos lo dices y sin problemas.
—Estos dados son para Albert Rivera. Si quiere aceptármelos, por supuesto.
—Para que Alberto te reciba, primero tenemos que hablar nosotros con él, pedirle que te reciba. Es un hombre muy ocupado y no podemos llegarle con las manos vacías. Si nos hicieras una demostración y predijeras los resultados de Ciudadanos el 24 de mayo, tendrías las puertas de su despacho abiertas de par en par. ¿Quieres un whisky mientras que lo piensas?
Andrés Cascales pidió un Macallan sin hielo. Un local público no era el lugar más apropiado para la brujería. En la calle se escuchaba el sonido estridente de centenares de pitos y tal vez la sonora sequedad de un guantazo y el murmullo de la gente ante la reacción de una joven con agallas. Era viernes por la tarde y los sardineros deambulaban sin rumbo por la ciudad.
—Está bien —dijo Cascales—. Pero en otro lugar. No quiero atraer la atención de los clientes. La magia es cosa seria y no se puede practicar en cualquier lugar.
Los comensales salieron a la calle y deambularon por callejuelas estrechas. En aquellos días, la ciudad vivía en la calle. La cálida brisa del atardecer mezclaba los olores de las flores de las plazas. Pocos días antes se había celebrado el Bando de la Huerta y ahora les tocaba el turno a los sardineros, que se apropiaban de las calles y, según algunos, de la desvergüenza que Freud rastreaba en el subconsciente de la gente. Ya en la sede de Ciudadanos, Andrés Cascales pidió una habitación alejada de la calle, que no tuviera ventilación o que la ventana diera a un patio de luces. Hubiera necesitado velas, musgo, ortigas y molido de piel de sapo de la Cerdaña. ¡Hubiera necesitado tantas cosas para recrear el pasado de su estirpe, que se remontaba a la Alta Edad Media! Pero a falta de un mundo que ya no volvería, el brujo murciano trazó un círculo de tiza en el suelo de la habitación y esparció pimienta en su interior. Los dirigentes de Ciudadanos le observaban con una mezcla de incredulidad y de expectación dibujada en sus rostros. Si no hubieran oído hablar de Cascales y de sus poderes, habrían concluido que aquel hombre arrodillado, que calentaba con su boca un dado oculto por su mano, era un charlatán.
El brujo lanzó un dado dentro del círculo de tiza. Después de girar vertiginosamente durante unos segundos sobre uno de los vértices de sus aristas, se detuvo de repente, como queriendo burlarse de las leyes de la gravedad. Los dirigentes de Ciudadanos contemplaron el seis que les miraba con la brillantez de un futuro de vino y rosas. Cascales recogió el dado y volvió a lanzarlo. En esta ocasión, salió un uno. Un largo y denso silencio reinó en la habitación, solo roto por algunos gritos que provenían del patio de luces.
—¿Seis diputados?, ¿vamos a sacar seis diputados? —se atrevió a preguntar el más joven y posiblemente más inteligente dirigente de la formación naranja.
—No, hay que aplicarle el cociente de corrección. Según mis estimaciones, un 0,67. En las elecciones de mayo obtendréis 4 diputados regionales.
En los primeros días de diciembre de 2015, a primera hora de la mañana, Andrés Cascales voló a Barcelona desde el aeropuerto de Corvera. Las dudas iniciales sobre la capacidad predictiva del brujo murciano, se convirtieron en entrega y deseo de presentarlo lo antes posible a Albert Rivera, sobre todo después de conocerse los resultados definitivos de las elecciones autonómicas en la madrugada del 26 de mayo. Pero el líder catalán era persona muy ocupada, y aquella gente que le llamaba insistentemente desde la misteriosa Murcia podía esperar. Durante los calurosos meses del verano y de gran parte del otoño, los dirigentes regionales de Ciudadanos pidieron a Cascales que les detallara, dados en mano, los próximos imputados del Partido Popular. Y así lo hizo, los dados no fallaron nunca y predijeron las sucesivas visitas a los juzgados de lo más granado de la política murciana. Finalmente, imaginando a Cascales como el Pijoaparte que descendía la cuesta del Cotolengo en las noches barcelonesas, Rivera llamó a la sede de Ciudadanos en la Gran Vía para que lo subieran a un avión lo antes posible. Quería hablar con él. Las elecciones generales estaban cerca y el deseo de conocer su futuro con cierta antelación venció a su mente racionalista.
Caminando debajo de los plátanos de la Diagonal, pensó en cómo le recibiría Albert Rivera. Sabía que era un gran nadador, deporte que no había abandonado, como hacen muchos jóvenes que lo consideran aburrido porque los únicos rivales con los que se deben enfrentar en los largos de la piscina son ellos mismos. ¿Tal vez en la piscina, vestido el líder de ciudadanos con un albornoz? No, ni Rivera era Negrín ni él Louis Fischer. En realidad, lo que le llevaba a Barcelona no era ayudar a aquellos nuevos políticos que habían surgido de una crisis infame y que ahora se aprestaban a acariciar los aledaños del poder. ¿Qué le importaba a él Rivera y las teorías económicas de Luis Garicano? Andrés Cascales caminaba ya por la calle Balmes porque era un brujo, porque sus ancestros le hablaban en las madrugadas para que demostrara a la Humanidad que la brujería no estaba llegando a su fin, arrinconada por la ciencia y por la incredulidad de la gente y, tal vez, porque siempre soñó residir en Barcelona para, desde allí, viajar por sus playas y montañas buscando el amor perdido en su juventud. Y Rivera era un político catalán que tenía su sede central en la ciudad de los prodigios. Y Madrid era una ciudad que le había hastiado durante demasiados años con compañías a las que había terminado por aborrecer.
El brujo murciano entró en la sede de Ciudadanos a mediodía. Había llegado a la hora exacta, ni un minuto más ni un minuto menos. La puntualidad era una de sus virtudes, la impuntualidad de los otros algo que detestaba. No obstante, mientras permanecía en la sala de espera pudo hablar con Alberto Garzón, que le llamaba con la voz compungida y con la esperanza de que el cociente que manejaba Cascales le fuera más propicio que los dados. No lo era, por mucho que considerara al líder de IU como un gran tipo.
—Por cierto —preguntó Cascales—, ¿cuántos diputados te han dado los dados?
—Dos —respondió Garzón—. Con tu maldito coeficiente, uno.
—Te basta, Alberto. Tú eres el futuro.
Andrés Cascales desconectó el teléfono con la convicción de que sus palabras no eran bálsamo inmediato para la desazón del joven líder izquierdista. La soledad, su soledad, la soledad de los demás… El brujo murciano había vivido durante demasiados años la tortura de la soledad, la imposibilidad de sentir nada parecido en su corazón al amor o a la verdad. Pero su soledad era inconmensurablemente más dolorosa que la de cualquier otro mortal. Treinta y cinco años ya sin verla, sin sentirla, sin enredarse en sus piernas. Lo de Garzón era otra cosa.
—¿Señor Cascales? Albert Rivera le espera —interrumpió sus pensamientos un joven imberbe de poco más de veinte años—. ¿Me puede acompañar?.
Nuestro hombre siguió al joven a un despacho no muy amplio pero muy luminoso. A través de la ventana se veían árboles alineados que ocultaban intermitentemente las fachadas de los edificios. Detrás de la mesa del despacho estaba sentado Albert Rivera.
—¿Conoce Barcelona? —preguntó el líder de Ciudadanos mientras extendía el brazo hacia atrás, como queriendo enseñarle con un solo movimiento la belleza de la ciudad.
—Por desgracia no lo suficiente —respondió Cascales—. Lo normal. El puerto, las Ramblas, algunas cosas de Gaudí.
—¿Y el Camp Nou?
—No me gusta el fútbol.
—Lástima. ¿Tiene algo para mí? Mi gente en Murcia le adora. Se ha convertido en imprescindible para sus iniciativas parlamentarias y para sus exigencias de cese de políticos corruptos. Usted y sus dados.
—Quiero regalárselos. Ya lo hice hace varios años con Alberto Garzón. He servido demasiado tiempo a socialistas y populares y, no sé, siento que debo purgar mis pecados.
—Pero usted se guarda un secreto, ¿me equivoco? Un secreto que nadie ha podido sonsacarle: el cociente de corrección. Somos un partido humilde, ya sabe. Es como si nos regalara un software gratuito y luego cobrara por el profesional. No sé si me explico.
—Se explica perfectamente. Pero esos son cosas que me llevaré a la tumba. Soy el último superviviente de mi estirpe. No tendré descendencia y la brujería se transmite por la sangre.
—No me interesa su oferta, señor Cascales. Ciudadanos es el futuro y usted lo sabe. Ofrézcame también el cociente de corrección y podremos hablar de negocios.
Andrés Cascales miró a través de la ventana. Unos albañiles subidos en un andamio picaban la fachada de un edificio. Más arriba, oteaba un retazo de cielo con una nube blanca prendida de la luz de la ciudad. En el interior de la nube creyó ver sarmientos y besos de mujer, un anillo, risas y abrazos a la orilla del Mar Menor. ¡Treinta y cinco años de soledad con todo el dinero del mundo!
—¿Me escucha señor Cascales?
—Perfectamente, Albert? ¿Le puedo llamar Albert?
—Sí, por supuesto. ¿Qué opina de mi oferta? Quiero el cociente de corrección. Le ofrezco un plácido retiro.
El brujo murciano sacó del bolsillo de su pantalón los dados de siete caras y los puso encima de la mesa.
—Aquí los tiene. Suyos son. Pero el índice de corrección es mío y de mis antepasados. Son muchos siglos de tradición, no hace falta que se lo diga. Si le gusta la pintura, reconocerá en la muerte el pincel de Bruegel el Viejo. La codicia y la muerte hacen buen apaño. Buenos días, Albert.
Andrés Cascales se levantó de la mesa. Miró por última vez la nube blanca que se transparentaba filtrando los rayos del sol. Se sentía viejo y cansado. Recordó las últimas palabras de su amada, mientras contemplaban el nacimiento de la luna entre las islas Perdiguera y del Barón, antes de que marchara a Sabadell y no volviera a verla nunca: “Sé tú mismo, Andrés. Que el canto de las sirenas no te enreden en sus verdades. Nunca serán las tuyas”.
—Dime al menos el cociente de corrección que aplicas a Ciudadanos.
—¿Cómo se va a Sabadell? —preguntó el brujo murciano mientras abandonaba el despacho— ¿Alguien me puede decir cómo se llega a Sabadell?
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