lunes, 14 de marzo de 2016

El señor Garre

Movimiento Primero. 12 de marzo de 2013
Y en esto que llegó un señor llamado Garre, miró en derredor, oteó los molinos derruidos del campo de Cartagena, las ruinas de la tierra y de las palmeras, y de los matorrales de sal, que miraban con sus alas de grana a un mar breve, rizado por el lebeche y los castillos de arena.
Y dijo que quería ser presidente…
Y entonces ascendió a las crestas del viento y aspiró el vaho de la belleza en las marinas, y en el espliego y la retama.
Y dijo que quería ser presidente…
Anduvo por los llanos de su cuna, negó con la cabeza ante tanta tristeza de madera podrida (el horizonte era una línea de carcoma recortada por una sierra ocre), y observó el vuelo de las gaviotas que hundían sus torvas miradas en los basureros del interior del alma de papel…
Y dijo que sería presidente…
Un señor llamado Garre se atusó el bigote y pensó que la herencia era pesada, pobres hombres condenados a apuntalar las ruinas de una generación, como escribiera Blas de Otero, un pueblo condenado a arrastrar el arado de una deuda centenaria…
Y dijo que sería presidente…
Y el otro por Crimea, por Sebastopol, hablando de paz a herejes, brujas e izquierdistas poliédricos. Libre por fin, alegre, feliz, un hombre nuevo. Y el país que se nos cae a pedazos, y un tal Garre que tiene un molino cartagenero entre tanta ruindad y miseria… quiere ser presidente.
Movimiento Segundo. Junio de 2014.
Y decidió el sanedrín de la derecha murciana que Garre no volvería a ser presidente. Había metido el bigote en lugares inesperados, se había abanicado con la Ley de Transparencia y había concluido que la ruina no estaba apuntalada y amenazaba anegar el futuro de una Región con fango, miseria y olvido.
Y el sanedrín anunció que no repetiría como presidente…
Nada de lo que hizo Garre gustó en Estrasburgo, “el sitio de mi recreo”, “donde nos llevó la imaginación” (*). El Gran Benefactor suspiró profundamente. Él había nombrado un presidente interregno, entre su Imperio y la plácida sucesión que le era debida. Y le llegó un gobernante batallador que juraba justicia y transparencia.
Y el sanedrín anunció que no repetiría como presidente…
A Garre le sucedió Sánchez en la gobernanza. Perdió la mayoría absoluta, la hegemonía social y el poder se hizo, ¡qué remedio!, negociación y pacto. Veinte años sin saber de qué iba eso, el ordeno y mando metamorfoseó en comunión de intereses y el pueblo se hizo sujeto y no objeto.
Y el sanedrín anunció que Garre no sería senador autonómico.
Roma no paga a traidores —debió pensar el Gran Benefactor paseando a orillas delBruche por Montagne Verte—. Roma solo paga la sumisión. A los pueblos y gentes que se sublevan, les queda la muerte o la esclavitud.
Y el sanedrín decretó el silencio. Garre solo sería olvido.
Movimiento tercero. Marzo de 2016.
El hombre bueno se hizo demonio. El viejo y querido militante de Balsicas tornó su disciplina en crítica acerada. Hizo funcionar el molino cartagenero y la brisa fresca se transformó en huracán. Las palmeras y frutales del campo sintieron el olor a verdad que brotaba de un lenguaje llano y directo.
Dé un paso atrás y deje pasar a otra persona, señor Rajoy.
La ciudad dormía la aspereza de la crisis aún no superada, aguardando la llegada de la siguiente, que no sería menos dolorosa e injusta que la anterior. Vivimos en una tierra sin futuro, condenada siempre a repetir a los mismos políticos con la misma laxitud de ideas. “Algo pasará, algo pasará…”.
Dé un paso atrás y deje pasar a otra persona, señor Pedro Antonio Sánchez.
Garre, poco más de un año de gobierno. Lo suficiente para condenarlo al ostracismo. Entre las ruinas de los molinos, entre los cañaverales que los rodean, se ve a un hombre ya mayor que habla de cosas prohibidas. De negocios ruinosos, de engaños y de traiciones. Arriba, la luna blanquea hacia el mar y el viento húmedo recorre los resorts, las urbanizaciones arruinadas, los aeropuertos vacíos, los esqueletos de un futuro que alguna vez se nos vendió joven y lozano.
Dé un paso atrás y váyase definitivamente señor Valcárcel.
(*) Estrofas de “El sitio de mi recreo” del inolvidable Antonio Vega.
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