sábado, 12 de marzo de 2016

¡Los bárbaros!


No recuerdo si fue en el último o penúltimo fin del mundo. Mi memoria flaquea después de tantas derrotas y tantos crepúsculos. Lo cierto es que las señales siempre llegaron de fuera. Tampoco puedo definir los contornos de lo que entendíamos por “fuera” pero siempre que se reflexionaba sobre ese lugar desconocido se terminaba exclamando: ¡los bárbaros! o ¡la barbarie!. Y a esas figuras difuminadas en la niebla, con barbas largas y negras, hachas, restos sanguinolentos entre los dientes, las imaginábamos embotadas de maldad. Porque nosotros éramos los buenos y ellos, los desconocidos, siempre eran los malos, aunque no existieran. Pero ¡qué paradójico! si los bárbaros éramos nosotros y los que llegaban de fuera desfilaban por los poblados en engalanadas legiones de reflejos de plata, la maldad, el error, el espíritu corrompido vivía en las entrañas del centurión y no del pastor lusitano. Durante años, siglos y milenios la historia se escribió de una manera extraña. La vacía mente patria se llenaba de la disolución que llegaba de fuera. Por más vaciedad que acumuláramos, más claro teníamos que cualquier idea que llegara e intentara colonizar el éter mental de nuestra raza, era perversa. ¡Ah, la perversión! Yo qué sé… De los fenicios, de los cartagineses, de los romanos, de los judíos, de los vándalos, de los visigodos, de los árabes… de todos los que llegaron de fuera. Menos Aznar, claro. Menos Felipe González, ¡por Dios!
La memoria da saltos en el tiempo, cabriolas —diría el espíritu celtíbero—, viene y va, te lleva de la Prehistoria a los gobiernos de nuestra amada democracia. Siempre pervivió en esta tierra el germen pernicioso de los de fuera. No era el color de sus cabellos, ni la mayor o menor tonalidad de sus rostros, ni el tamaño de sus sobresalientes o muy deficientes entrepiernas. Que para eso somos tolerantes. No. Se trataba de la colonización de la mente y eso sí que no. La mente celtíbera no se coloniza, ni de ideas ni de sentimientos. Ya lo dicen los ortodoxos, los de hoy y los de ayer. La idea es anterior a la carne, y si la carne cambia de idea se la quema. Somos amantes de las hogueras, del fuego que purifica, que se lo pregunten a los inquisidores, los de ayer y los de hoy. Todo lo que llegó de fuera fue sacrificado. En el siglo XVI y XVII. Los afrancesados eran extranjeros, los liberales también y los socialistas, ¿qué podemos decir de los socialistas?: gente contaminada por la filosofía alemana, ideas perversas, patógenos virulentos que debieron ser exterminados en sus cunas de origen, los malditos países impíos de Europa. Ideologías extranjeras, ateas, colonizadoras de los amplios horizontes que engalanan la mente patria.
Menéndez Pelayo puso orden en el desconcierto, pero finalmente la herejía arraigó en ilusos predispuestos a abrir sus mentes en exceso. Pero siempre hubo gente que dijo, con la palabra, la pluma o la espada, lo que era español y lo que era de fuera. No sé. Donoso Cortés, Giménez Caballero, Queipo de Llano o Franco. Últimamente, don José María Aznar. ¿Pero quién iba a pensar, a principios de 2016, que los nuevos ortodoxos se reunieran para despotricar contra las ideas extranjerizantes siempre pagadas con dinero inglés, francés, alemán, ruso, chino, castellano venezolano, incluso iraní, y se llamaran Felipe González, Alfonso Guerra, José Luis Corcuera o Joaquín Leguina? Yo no. ¿Y usted, amable lector? Ya se sabe, chavismo-comunismo, leninismo punto tres que sigue el manual del golpista. ¿Cómo no se va a revolver en su tumba Viriato ante tanto despropósito? Hasta Carlos Marx hubiera resucitado para impedir que se le mezclara con tal chusma. ¿No lo iba a hacer un zombi como Felipe González en su dorado retiro, impidiendo al mismo tiempo que Pedro Sánchez fuera contaminado por las ideas disolutas venidas de tierras lejanas?
http://www.lacronicadelpajarito.es/blog/fsaura/2016/02/barbaros
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