domingo, 3 de abril de 2016

Sueños abajo

La mirada baja envuelta en una gota de rocío. Sueños abajo, descubrimos que no es  llanto en el rostro sino la bruma de la mañana la que empaña sus ojos. Alrededor, las vallas de concertina con postes en forma de i griega cierran el campo haciendo inaccesibles las verdes colinas cercanas. El acero galvanizado brilla con sus cuchillas afiladas. No hay rastro de sangre. La lluvia la lava y la mezcla con la tierra. La historia de Europa es la de sus fronteras; las naturales y las artificiales. Las montañas y, en las grandes llanuras centroeuropeas, los ríos. Es también el continente de las guerras justas y de las paces sangrantes, de las grandes deportaciones étnicas, lingüísticas, religiosas, ideológicas y culturales. Ningún otro continente puede enseñarnos nada nuevo sobre las maneras de sufrir y de hacer sufrir. En eso somos unos maestros y hemos abierto escuelas en todos los rincones de la Tierra. También hemos teorizado como nadie sobre nuestras verdades y las pérfidas intenciones de losotros. Somos la cuna de la filosofía de la justificación del terror como misión civilizadora y redentora. Hasta el Siglo XVI en los valles y montañas de la vieja Europa; desde entonces también en los continentes conquistados y civilizados con la espada y, no siempre, con la cruz.
Siempre ha habido reservas, misiones, reducciones, apartheid,soluciones provisionales y finales aquí y allá. Trochas, trincheras, campos de minas, ríos, lodazales,  pantanos, estuarios, canales, bosques, colinas, montañas, trigales que arden, asfixian y matan en agosto. Y por encima de todo, gente dispuesta a matar: Por Dios, por la patria o por la casa. Y gente dispuesta a innovar el arte de la guerra: desde la reconcentración de la población en la Guerra de Cuba, para J.L Tone campos de concentración (Guerra y Genocidio en Cuba: 1895-1998), a las mismas tácticas, con distintos paisajes, utilizadas por los ingleses en la Guerra Bóer, pasando por el espíritu de economía, la exactitud, el cálculo y la pulcritud pedantesca, que Grosmann define como rasgos que poseen muchos alemanes y que el hitlerismo aplicó para exterminar a los judíos en Treblinka,  “exactamente como si se tratara del cultivo de coliflores o de patatas” o el gulag soviético, del que Solzhenitsyn nos habla en su breve y memorable Un día en la vida de Iván Denísovich. Lo cierto es que Europa tiene poco que enseñar del arte de la felicidad, por mucho que haya tenido grandes pensadores que han sublimado su búsqueda haciéndola privativa de una forma de organizar la economía y la sociedad, de una religión o de tener el cabello, los ojos y la tez de un color u otro.
Los europeos somos gente orgullosa de nuestro progreso material y de nuestra libertad, y creemos que tales atributos nos protegen de la intemperie de un mundo sufriente pero ajeno. Por eso nos produce incomodidad transitoria pero soportable para nuestra conciencia que un suicida masacre a 72 personas en un parque de Atracciones de Lahore, y una indignación sincera y, a veces acompañada de aspavientos y llamamientos a preservar el origen cristiano de nuestro pasado cuando el terrorismo golpea ciudades como Madrid, Londres, París o Bruselas, mandando callar cuando nuestros intelectuales de izquierdas, normalmente relativistas culturales, indagan las causas profundas  del terror y de la muerte cotidiana que reina en países como Afganistán, Irak o Siria. En realidad, se insiste, esa gente no tiene nada que ver con nosotros y las multitudes que huyen de la guerra en nada se asemejan a los exiliados románticos del Siglo XIX. Ni siquiera la gente que ha vivido dentro de nuestras fronteras durante generaciones son de los nuestros. Son marginados, sí, pero no lo son a nuestra manera de ser.
Durante semanas ha llovido en Idomei. Los refugiados han dormido en el barro esperando a que cualquier día se abriera la frontera. El campo de refugiados de Lesbos se ha cerrado a cal y canto. La castigada Grecia, la paria Grecia, despreciada por gran parte de los países de la Unión Europea, que un día negó la dictadura de la Troika en un referéndum, convirtiéndose en la esperanza de que otra Europa era posible, se ha convertido en carcelera de los refugiados que huyen de la guerra. Y seguramente lo ha hecho pensando en la redención. Poco importa que el derecho internacional haya saltado por los aires, poco importa que Europa haya decidido volver a tratar a los otroscomo ganado, a transportarlos como ganado, a pensarlos como ganado. Como ocurriera durante la primera mitad del Siglo XX, Europa destruye sus valores en la pira del nacionalismo y del cierre de fronteras. Las montañas, los ríos, los canales, los mares y lagos interiores vuelven a ser espacios exclusivos de la muerte y de la ausencia del derecho.
La mirada baja envuelta en una gota de rocío. Sueños abajo, entendemos que hemos estado setenta años reconstruyendo  fronteras invisibles en nuestro continente, y fronteras de acero galvanizado, con cuchillas que desgarran la carne para contener a los parias que recorren la tierra. Ese no era el sueño de la Europa unida de la postguerra.
Setenta años perdidos para volver a delinquir.
http://www.gurbrevista.com/2016/04/suenos-abajo/
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