lunes, 10 de agosto de 2026

La araña se desliza en la habitación iza

La araña se desliza en la habitación y mide la distancia con sus patas. El rocío brilla en su muda inmóvil: haces de luz negra. El deseo se deshace en el ocaso, día ensimismado; hilo enredado en la arista del techo. El sol se apaga en el cristal que refleja la aridez de la tarde, alerta al sonido de la noche. El ruiseñor, olvido de canto. De La geometría de la pausa.

La geometría de la pausa

domingo, 9 de agosto de 2026

La geometría de la pausa

Arqueología del vacío

Esperar es morir
a golpes:
goteo que horada
la voluntad.

Hay una geometría
en la pausa:
el ángulo muerto
de la puerta,
la línea recta
hasta el teléfono apagado,
el círculo
de los pensamientos
mordiéndose.

Soy arquitecto del aire
en una tierra
donde solo crece
la nostalgia,
malva
alrededor de la casa.

El poso rebosa
tiempo y espera;
la piel, adormecida,
en la penumbra.


https://buenosairespoetry.com/2026/08/05/la-geometria-de-la-pausa-coleccion-pippa-passes-2026-francisco-saura-perez/



martes, 22 de abril de 2025

Dreams bellow

 








The lowered gaze wrapped in a drop of dew. Dreams below, we discover it’s not tears on the face but the morning mist that clouds their eyes. Around them, concertina wire fences with Y-shaped posts enclose the field, making the nearby green hills inaccessible. The galvanized steel gleams with its sharp blades. No trace of blood remains. The rain washes it away, mixing it with the earth. Europe’s history is one of its borders—natural and artificial. Mountains and, in the vast Central European plains, rivers. It is also the continent of just wars and blood-soaked peaces, of massive ethnic, linguistic, religious, ideological, and cultural deportations. No other continent can teach us anything new about the ways of suffering or inflicting suffering. In that, we are masters and have opened schools in every corner of the Earth. We have also theorized like no one else about our truths and the perfidious intentions of others. We are the cradle of the philosophy that justifies terror as a civilizing and redemptive mission. Until the 16th century, in the valleys and mountains of old Europe; since then, also in the continents conquered and civilized with the sword and, not always, with the cross.

There have always been reservations, missions, reductions, apartheid, provisional and final solutions here and there. Paths, trenches, minefields, rivers, quagmires, swamps, estuaries, canals, forests, hills, mountains, wheat fields that burn, choke, and kill in August. And above all, people willing to kill: for God, for the homeland, or for the home. And people willing to innovate the art of war: from the reconcentration of populations in the Cuban War, which J.L. Tone calls concentration camps (War and Genocide in Cuba: 1895-1898), to the same tactics, with different landscapes, used by the British in the Boer War, to the spirit of economy, precision, calculation, and pedantic meticulousness that Grossman attributes to many Germans and that Hitlerism applied to exterminate Jews in Treblinka, “exactly as if it were the cultivation of cauliflowers or potatoes,” or the Soviet gulag, about which Solzhenitsyn speaks in his brief and memorable One Day in the Life of Ivan Denisovich. The truth is that Europe has little to teach about the art of happiness, no matter how many great thinkers have sublimated its pursuit, tying it to a way of organizing the economy and society, a religion, or the color of hair, eyes, or skin.

We Europeans are proud of our material progress and our freedom, believing these attributes shield us from the harshness of a suffering but distant world. That’s why it causes us only transient, bearable discomfort when a suicide bomber massacres 72 people in an amusement park in Lahore, and sincere indignation—sometimes accompanied by gestures and calls to preserve the Christian roots of our past—when terrorism strikes cities like Madrid, London, Paris, or Brussels. We silence our leftist intellectuals, usually cultural relativists, when they probe the deep causes of terror and the daily death that reigns in countries like Afghanistan, Iraq, or Syria. In reality, we insist, those people have nothing to do with us, and the multitudes fleeing war bear no resemblance to the romantic exiles of the 19th century. Even those who have lived within our borders for generations are not ours. They are marginalized, yes, but not in our way of being.

For weeks, it has rained in Idomeni. Refugees have slept in the mud, waiting for the border to open any day. The refugee camp on Lesbos has been locked down tight. Battered Greece, pariah Greece, despised by much of the European Union, which once rejected the Troika’s dictatorship in a referendum, becoming a beacon of hope for another possible Europe, has now become the jailer of refugees fleeing war. And it has likely done so in the name of redemption. It matters little that international law has been shattered, that Europe has chosen to treat others like cattle again, to transport them like cattle, to think of them as cattle. As in the first half of the 20th century, Europe burns its values on the pyre of nationalism and border closures. Mountains, rivers, canals, seas, and inland lakes once again become exclusive spaces of death and the absence of law.

The lowered gaze wrapped in a drop of dew. Dreams below, we understand that for seventy years we have been rebuilding invisible borders on our continent, and borders of galvanized steel with blades that tear flesh to contain the pariahs wandering the earth. That was not the dream of the united Europe of the postwar era.

Seventy years lost, only to relapse into crime.

sábado, 5 de octubre de 2024

Las luces que se apagan


No hay proporcionalidad. No es el cálculo del valor de un libanés, un palestino o un israelí: dos por uno, tres por uno, cuarenta, cien, mil por uno. No es el Código de Hammurabi, el ojo por ojo, diente por diente. Es muy anterior o lo parece. Tiene relación con las hordas de cazadores, en las que el valor de un miembro de la tribu equivalía al valor del resto de los miembros de la tribu rival. Su exterminio o el nuestro.

Leo barbaridades inimaginables en las redes sociales. X se ha convertido en un confesionario de los pensamientos humanos más abyectos. Gente que se burla de que miles de personas mueran en nombre de Dios, de Yahvé, de Alá o del mismo diablo, ese ser que habita el alma de los otros, de los que no son como nosotros. Gente que aplaude que racimos de bombas diseñadas para reventar búnqueres mate a miles de personas que viven en edificios de siete, ocho o nueve plantas edificadas sobre los mismos. Familias enteras, formadas por generaciones que no han conocido la paz, que no han completado su educación sin una guerra por medio, sin un bombazo en su calle, sin una víctima de su familia o vecinos cercanos. 

Cuando hablas de proporcionalidad en la respuesta, te escupen a la cara con referencias a asesinos, a mentes diabólicas, o satanes repelentes, sin biografías ni referencias a un siglo XX atroz que creó monstruos, los encerró durante sesenta o setentas años, y que han sido liberados para recordarnos que nuestra civilización es inmunda o merece desaparecer. El odio como entretenimiento, mirando desde una ventana a las redes sociales, destilando desde el anonimato racismo, xenofobia, militarismo, superioridad genética, ¡quién sabe!. 

Resulta irónica esta lectura nueva de la historia. Observas a gente que defiende ideas idénticas a los que masacraron a los judíos en los pogromos de la Rusia zarista, en las llanuras de Ucrania, Polonia o Rusia, que expulsaron a los judíos de las villas castellanas y aragonesas, arengando la venganza eterna de los israelíes contra sus enemigos árabes, que quieren arrojarlos al mar, y crees enloquecer. Detrás, campa el fascismo, el racismo, todo aquello que fue enterrado, hoy se sabe que provisionalmente, en las ruinas de las Europa devastada por la II Guerra Mundial. Y los oyes tildar de antisemitas, ¡ellos!, a los que hablan de proporcionalidad en la respuesta, de diplomacia, de convivencia, de la creación de dos estados, incluso de un estado aconfesional e integrador. 

En toda esta nebulosa de ideas que envenenan a las naciones y a sus pueblos, cuyo diagnóstico parece limitarse a una geografía limitada y maldita, el pensamiento ilustrado se desenvuelve deficientemente. Escuchas a un alemán berrear contra la mala sangre árabe que quiere destruir al pueblo judío, y piensas que los árabes jamás igualarán las atrocidades cometidas por el Tercer Reich en los años centrales del Siglo XX. ¡Jamás!. Existen mentalidades que parecen querer expurgar un pasado siniestro llamando al exterminio de los enemigos de sus antiguas víctimas. Existe una mala conciencia histórica de Europa que la mitiga entregando armamento sin límite a Israel, confundiendo al pueblo judío con el estado donde vive en la actualidad. 

Existen personas en las naciones más poderosas del mundo que apoyan a Israel desde un profundo desprecio al pueblo judío. Herederos de las ideologías derrotadas en la última guerra mundial buscan enemigos para fortalecer su poder. En su momento fueron los judíos, ahora son los árabes, en el futuro serán los amarillos, los negros, los mixtos. Lean a Eco. Y sin embargo, desde su inmenso desprecio al judío encubran a Netanyahu en el mismo pedestal histórico que Julio César, que Roosevelt, que Churchill.

La batalla que debemos librar en el futuro no es entre el mundo árabe y la llamada civilización occidental, por muchos propagandistas que lo defiendan. Es entre las Luces y las sombras, entre las ideologías totalitarias y las herederas de la Ilustración. Mientras tanto vivimos en una confusión absoluta en la que personas despreciables y personas despreciadas parecen pensar y sentir lo mismo, mientras las primeras sacan rédito, se hacen respetables socialmente y se preparan para tomar el poder. ¡Temblemos entonces, sí! El racismo y el militarismo crecen a pasos agigantados, las Luces se apagan lentamente.


https://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/luces-que-apagan/20241005135602231202.html

domingo, 16 de abril de 2023

El paisaje al azar


Anduvimos sin objeto antes de detenernos y contemplar el paisaje. Y este era hermoso: algunas nubes, el sol iluminándolas desde abajo, el mar azul (rizado por el viento de poniente), algunas palmeras esparcidas al azar por las dunas, las gaviotas, una garza de perfil, restos de posidonia en la arena...
Anduvimos sin saber exactamente el motivo. Estábamos cansados, sentados delante del televisor, viendo las noticias, los poses de los gerentes, la vida en el río, las nutrias y las paredes de la garganta, el agua torrencial, de nuevo los gerentes de nuestras vidas (alcaldes, diputados, gobierno…), el mar sucio, el plástico, una botella de ginebra, vasos de plástico, restos de una hoguera. Veíamos todo eso mientras bostezábamos. Seguramente la lluvia tamborileaba en la chapa del tejado y el frío era húmedo y desagradable. Quizá… pero eso no explica nada, ni lo justifica. 
Estábamos sentados viendo al presidente del gobierno hablando a sus incondicionales en Sevilla, lo de Kabul (nunca nos acostumbraremos al terror) y con toda certeza nos sentíamos vacíos. Porque sentirnos de otra manera no va con nosotros. Somos gente tranquila, que se revuelve de aburrimiento cuando ve a un político vendiéndose en la televisión, que come pizzas y hamburguesas, que bebe quintos de cerveza. Lo prefiere a abrir las ventanas para que el salón se purifique o a tirar el televisor por el balcón (los árboles amortiguarían la caída) y además, abajo no hay nada; solo coches aparcados y enfrente un jardín con moreras y bancos donde se besan las parejas en las noches de agosto.
Anduvimos.
Sabes que el paisaje se ordena al azar. Una colonia de eucaliptos en la vaguada, en la cumbre, allí donde el sol ilumina tenuemente la caliza en febrero, tomillo, en la ladera algunos álamos blancos (en la falda hay un pequeño estanque y alrededor caracolas fosilizadas). El azar.
Sabes que te amo, aunque no sepa como eres. Tal vez alguna vez lo supe, cuando hubo poetas que sabían describir lo que se siente cuando pareces flotar sobre la hierba, cuando esta es roja y la lluvia del aspersor verde. Pero los poetas que no murieron están muertos. Tal vez ya no quede nada en el Paraíso. El horizonte se ha difuminado y donde antes había luz, ahora hay silencio y algo que no es oscuridad pero que aterroriza como ella.
Anduvimos sin objeto por los jardines del Señor. Ocurrió en otro tiempo. Entonces había azucenas en la ventana del dormitorio, y escuchábamos a las abejas zumbando alrededor, y el sol se reflejaba en el cabezal de la cama… Todo aquello fue un sueño del que despertamos con amargura. Bajamos descalzos la escalera de caracol, los cuadros en la pared (marinas, bosques del color del otoño, montañas nevadas, un caballo trotando en una calle con adoquines mojados), miramos por la ventana (detrás la fruta en el boj, un vaso de leche a medio beber, el olor a requesón y a tostada), aspiramos el aroma de la mañana húmeda. Fue antes de andar sin objeto. De un lado a otro, sin prisa, escuchando el canto de los mirlos…
Fue ayer sábado. Fueron todos los sábados de abril y mayo. Las flores, la hierba, el azahar, la grama, los saltamontes, las palmeras esparcidas en el paisaje. El mundo que se nos va, que se nos fue en un suspiro. Tú, yo, nosotros…

domingo, 18 de septiembre de 2022

Javier Marías


 Berta pasa las páginas de La Odisea. No lee, sueña. Un sueño tranquilo, con la respiración acompañado el fluir de las olas entre las islas. Una mujer sola, sola en una isla, con pretenciosos aprendices de la luz comiéndose la hacienda y el pasado. 

En las islas griegas todo es posible, también en Inglaterra, en el estuario del Támesis, en las brumas eternas de la traición. De un paisaje a otro, de un mar cálido a uno frío, Berta sabe que Julián habla y que Javier escucha. Aquel es un miedo que se disipó y que ya nunca volverá. Pero por si acaso, aleja de mí este cáliz. No quiero premios, ni reconocimientos, solo un cigarrillo entre los dedos, una copa y los amigos en las largas noches del otoño.


Berta piensa en Shakespeare, en las tormentas cálidas del verano, y intuye la batalla que pronto entablará Javier en un mes cartesiano, junto a don Quijote, con lanzas herrumbrosas. El tiempo se acaba, pero el espíritu sigue ahí, junto al río Cherwell, y sabes que tu padre fue traicionado por su mejor amigo, en la guerra, en la guerra de España.


Desconoces si Javier ha leído a Shklar. El miedo está ahí, agazapado. Y la sospecha. La sospecha es una serpiente que incuba huevos, que tiene garras y escamas y el alma se recoge en su corazón blanco (las nubes de algodón y el viento que se detiene en las laderas).


La vida es tragedia, o no. Depende de lo que leas, si la lectura define el escenario de la vida, en Londres o en La Habana, en Ítaca o en Nueva York. El paisaje es una excusa para lo realmente importante: puede no haberlo, puede consentir en el humo del cigarrillo, y los corazones de  Deza, de Berta, de Tomás, puede que no haya nada en la última página del capítulo tercero, pero siempre estará el dolor, la destrucción, la soledad, la desesperanza ante la traición, esas manifestaciones de la vida que devoran a dentelladas el orden del Universo.


Recoge las pertenencias, Javier. Abajo, en la calle, la megafonía de un coche fúnebre repasa las grandes obras de la literatura. A principios de septiembre, las ventanas de la ciudad están todavía abiertas, las librerías están húmedas, algún libro se consume en una combustión fría. Penélope teje y desteje, Berta la mira desde un rincón, el póster de Londres detrás de ella. Recoge tus pertenencias y acompáñame. El mundo arderá cuando tu cuerpo se consuma en el recuerdo.


Ahora todo lo sé. El poder huele a muerte. No te acerques a él o te llevará a su regazo, te adormecerá, te hará confiando, levemente feliz, te agasajará y definitivamente te decapitará en la Torre de Londres, o empleará el garrote vil y ya de tus libros nadie sabrá.


Despídeme de tus personajes, Javier. Se van contigo a donde tú vayas, para dialogar con ellos en la larga oscuridad que nos espera a nosotros sin ti.


Javier Marías