lunes, 7 de marzo de 2016


Nos levantamos con la herida de la edad en los labios y sentimos que el laberinto de la vida se cuartea como el barro de los estanques secos. Más allá de la longitud de nuestros brazos, la realidad nos es ajena, extraña, habitada por el espíritu de las cosas que nos rodean: los restos de una colmena en un prado, el sol descarnándose en un bosque que ardió en el estío, una lechuza que duerme en un árbol carbonizado, las nubes congeladas en la mirada ingenua de una niña, la espuma etérea de un torrente de sal junto a un molino cartagenero derruido, el tallo de una planta brotando en la grieta alquitranada de una calle…
Alguien comentó que en esta tierra nunca ocurre nada. Hay paisajes, mares, tormentas, hayedos en otoño, tierra rojiza y hojarasca, espuma, brisa y sonrisa blanca en la cresta de las olas pero nunca ocurre nada. La voluntad humana es inane: Eloy Sotelo no da un golpe en la mesa para exigir un lugar en los manuales de historia de la literatura, sólo se consume de frío y añoranza en los esqueletos quebrados de Leningrado; Ainhoa Izar, hermosa estrella de los bosques de Irati, contempla el Mar Menor y no sabemos si en sus dulces aguas se refleja la imagen del hombre abandonado o del corazón desgarrado. Mi abuela se pierde en el Puerto de Alicante con una niña en brazos, mientras los italianos se miran en un estanque de llovizna y aguas turbias. No hay acción, sólo contemplación del tiempo que transcurre lento, monótono, aburridamente estoico.
Y en el cielo, la luna es una espectadora privilegiada del devenir absurdo. Con sus lentes de aumento nos contempla y nos retrata como hormigas insignificantes, entre inmensos océanos y profundas quebradas abiertas con un cuchillo de estrellas. Somos espíritus de agua en terrenos baldíos, lava ardiente en los volcanes de La Garrotxa, sequedad hambrienta en los remansos de los ríos y en las arenas dormidas de Calblanque. Somos un rosal plantado en un suelo de cristal (triste, solitario, dormido, sin tierra ni pasión).
Somos, sólo somos...
Acaso esta tierra no tenga sangre en el cuerpo y se mueva en la Nube como los muertos vivientes. Pero, creedlo, sí tiene poesía, como los retoños de un roble que verdean en la tierra negra, como un caballito de mar hallado entre las hélices de una motora después de diez años de ausencia y olvido, como la voz de Eloy Sotelo en la espesa criatura de un témpano de hielo del lago Ladoga, como los pescadores de Santa Pola que llevaron a mi abuela a las costas desnudas de Argelia, como el canto rodado lanzado por Ainhoa Izar a las serenas aguas del mar…
¿No es hermoso que nunca ocurra nada y que podamos navegar libres entre las estrofas de todo aquello que amamos y que deseamos para nuestras hijas e hijos? Creemos que sí.
http://www.lacronicadelpajarito.es/domingo/herida
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