
Hoy no ha sido un día de derrota. No ha habido reflejos de tristeza en la blanca aurora, ni seca arena en el viento de lebeche. Eso fue ayer. Hoy la diosa fortuna ha arrojado una moneda al aire y el rostro siempre cruel de la victoria ha caído del lado madrileño. Ha ganado Fuenlabrada por dos puntos, por la elíptica de una pelota que ha entrado en la canasta cuando la bocina que anunciaba el fin de un vibrante partido, sonaba en un pabellón empequeñecido por los grandiosos corazones de nuestros jugadores del CB Murcia. 82-80 ha sido el resultado definitivo. Ocho segundos y medio antes, el barco murciano navegaba por aguas turbulentas pero esperanzadoras. Ganábamos por un punto y acariciábamos con las manos los blancos algodones de un paraíso entreabierto. No muy lejos se oteaban las colinas de La Alcarria, la miel y los pueblos que un día visitó Camilo José Cela. Pero la puerta se cerró de golpe. La elíptica que dibujó la pelota se transformó en un frío e inclemente viento de injusticia que disipó el blanco algodón y la miel en el vacío de una luna sin noche.
Fuenlabrada 82 – CB Murcia 80, fue el resultado. Una alegre derrota para los nuestros, porque la diosa fortuna quiso que así fuera. Nuestro equipo partió de Troya con los augurios del naufragio. Y aunque navegó por aguas llamadas amigas, los dioses que gobiernan las cosas terrenales desearon un viaje de tormentas, acantilados y fracasos. Pero los catorce marineros que gobernaron el navío mantuvieron firmes el timón, precisa la ruta y fuertes los corazones. Sus nombres deben ser mencionados en este blog porque son nuestros héroes, catorce Ulises que estuvieron a escasos metros de las playas de Ítaca hasta que una pelota ofrecida al azar entró inexplicablemente en una canasta. Ellos se llaman, y que nunca sus nombres se borren de nuestra memoria:
David Álvarez
Francisco Aparicio
Joel García
Alejandro García
Vicente García
Álvaro Gómez
David Lucas
Javier Martínez
Sergio Muñoz
Alberto Pujante
Aarón Saéz
Manuel Sánchez
Juan Antonio Santos
David Saura
Grandes jugadores de las dunas fósiles de Cartagena, de los lindes de la tierra de limoneros, de allende el mojón de Beniel, de los misteriosos barrios del otro lado del Segura, de las calles y barrios de la margen izquierda del río. Catorce marineros que consiguieron que los de la áspera meseta volvieran a su tierra con la sangre agolpándose en sus breves corazones. Y aunque los dioses que gobiernan los designios humanos respiraran tranquilos, no podemos dejar de saber que ha llegado el tiempo de los mortales, y que nuestro HÉROES son dueños de su destino. Así lo han dejado escrito con su memorable partido ante el Fuenlabrada.
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