sábado, 28 de diciembre de 2019

La naturaleza en la literatura murciana





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Si bien es cierto que la literatura murciana de los años treinta del siglo XXI alcanzó cimas nunca antes conocidas, incluida la nominación de Antonio Lorente al Premio Nobel, también lo es que el lirismo naturalista, para algunos adocenado, de poetas como Eloy Sotelo o Ainhoa Izar, perdieron sus modestas reseñas en las enciclopedias de literatura y cayeron en un olvido estéril y dramáticamente innecesario. Las descripciones crepusculares del Mar Menor, las metáforas del amor y de la sonrisa de caramelo de sus brisas otoñales, el nacimiento de una Venus lunar recortada por los filos de la Isla Grossa, el olor del caldero humeante en Las Encañizadas murieron en el vacío de los recuerdos junto al destierro aromático de los sonetos de Sotelo e Izar. La poesía espiritual de la naturaleza murciana, desarrollada por poetas nacidos fuera de nuestra tierra, dejó paso a otra emparentada con el rediseño inteligente del espacio y del tiempo.
Si aplicamos una disección diacrónica de la nueva literatura murciana, el hito fundacional hay que buscarlo en el viaje que realizó un consejero de cultura del Partido Popular, acompañado de un amplio elenco de intelectuales rediseñistas, a tierras del sudeste asiático para buscar escenarios exóticos que sirvieran de espejo al Parque de la Paramount. A su regreso, el consejero de cultura descendió a los fondos arenosos de un barranco desde el que se veía la cumbre brumosa de Sierra Espuña y exclamó ante las cámaras de televisión: ¡aquí construiremos nuestra Fosa de las Marianas con peces iridiscentes!.
Antonio Lorente, con apenas veinte años y una fama ya consolidada con su narrativa intimista y directa, asistió al acto e inspirado por las palabras del político murciano escribió su mítico soneto “Sueños Pelágicos”, en el que las alturas de Sierra Espuña tornaban en mitológicas cordilleras submarinas habitadas por seres extraños que brillaban como lucernas en la oscuridad sideral de las pesadillas humanas. El poema fundacional de Lorente culminó con la publicación de “Sirenas en los fiordos de cristal”, fruto de su loca inmersión en el cocainómano frenesí de la noche murciana, lo que le supuso, recién culminado el último soneto de su poemario, un grave accidente de tráfico, que le dejó parapléjico, mientras circulaba en sentido contrario, por la siempre colapsada autovía de Vera, a la altura de Águilas.
Un segundo hito en la nueva literatura murciana rediseñista fue la construcción del túnel que unía La Manga del Mar Menor con San Javier. Si la idea no tuvo un génesis literario, su diseño fue inspirado por el ya citado “Sirenas de los fiordos de cristal”. El paso subterráneo se ideó con una doble bóveda de cristal en cuyo interior nadaban caballitos de mar gigantes e iridiscentes, ejemplares únicos de sucesivas modificaciones genéticas obtenidos en los laboratorios de una Universidad de Murcia arruinada por el Gobierno Regional y costeadas por la Paramount. Curiosamente, la UCAM no quiso participar en el proyecto y consiguió que el Papa condenara en su encíclica “Horror y Rediseño” el materialismo y hedonismo implícitos a los nuevos modelos de desarrollo económico y social pactados entre el Gobierno Regional y los interlocutores sociales (por entonces empresarios y FMI). La bóveda de cristal inspiró una novela de la escritora de éxitos murciana María Monserrate, una ingeniosa historia de cielos de lluvia santa, de bosques de cantueso y calabacines colosales habitados por seres semihumanos que vivían como gusanos y morían cuando los calabacines eran arrastrados por el fango de la desesperanza para ser engullidos por los caballitos de mar gigantes.
Si fundacionales fueron las obras de Lorente y Monserrate, inspiradas, como ya hemos escrito, por el rediseñismo político, la obra de teatro de Pablo Cascales “La pesadilla de Marina”, escrita con solo quince años de edad, ha revolucionado la dramaturgia internacional con representaciones simultáneas en Londres, Nueva York y Pekín. Inspirada en la deconstrucción de La Marina de Cabo Cope pero con una fuerte impronta de la mitología griega, lo que le aleja de autores como los ya citados Lorente y Monserrate. La obra de teatro de Cascales y su memorable puesta en escena es una sucesión ininterrumpida de tortugas moras trituradas en una picadora industrial con un diálogo prácticamente inexistente y un pesimismo antropológico representado por la voz en off del dios Cronos liberado de su prisión subterránea.

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